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Martes Octubre 22, 2019

A Bahía Portete no se llega sin un guía Wayúu. La ranchería es antecedida por un laberinto de caminos que conducen a múltiples partes del desierto. El paisaje es tan homogéneo que a la vista de un foráneo cada cactus es igual al otro. Para el guía, son la diferencia entre perderse y llegar a las enramadas. Sobre su litoral está Puerto Bolívar, una formación natural de al menos 19 metros de profundidad donde la empresa Cerrejón embarca hasta 11.000 toneladas de carbón por hora.

El contrabando ha estado presente en esta zona del norte del país incluso desde antes de que llegaran los libaneses, sirios y otros inmigrantes de países del medio oriente conocidos en la zona como "árabes", y que han sido tradicionalmente asociados con el comercio en la región. 

Uno de los personajes más siniestros que ha dado a luz esa historia es José María Barros Ipuana, conocido como “Chema Bala”, uno de los señores del contrabando que llegaba por Portete desde los años ochenta y que encontró en el Bloque Norte de los paramilitares una posible alianza para consolidar su dominio en la zona. Por su lado, las Autodefensas necesitaban posicionar su dominio territorial sobre la Alta Guajira con un claro objetivo: el tráfico de armas y droga. Revestido de un falso atuendo político, emergió entonces el Frente de Contra Insurgencia Wayúu, a la sombra del famoso Pacto de Ralito y comandado por "Arnulfo Sánchez alias "Pablo". 

A estas alturas de los hechos, ya la comunidad de Portete se había opuesto a dicha alianza que haría de Bahía un Puerto de Paramilitares y Narcos. Pero los Wayúu son en general un pueblo aguerrido y sin miedo a ejercer su soberanía territorial. Son matrilineales, el mando de las mujeres tiene peso específico, una muestra de esto fue el surgimiento de la Asociación Indígena de Autoridades Tradicionales que lideraba Margoth Fince Epinayú, de 70 años. Así las cosas, el conflicto entre "Chema Bala", también Wayúu y la comunidad de Bahía Portete no se hizo esperar. Tampoco el oportunismo de las AUC en cabeza de “Jorge 40” para, con el pretexto del conflicto local, instaurar y controlar la última ruta del narcotráfico que faltaba en el Caribe.

El 18 de Abril del 2004, "Pablo" y hombres de las autodefensas guiados por familiares de "Chema Bala" llegaron en tres camionetas en horas de la mañana a Bahía Portete y masacraron el corazón de la cultura Wayúu: sus lideresas. La sevicia propia de los hechos y sus profundas implicaciones simbólicas ocasionaron el éxodo de la comunidad. “Nosotras ya sabíamos que ellos iban a venir a buscarnos, por eso le dijimos a los hombres que se fueran, que "Chema Bala" siendo Wayúu no se iba a atrever a tocar a las mujeres”, dice una sobreviviente. Los detalles de este complejo episodio yacen en el informe del Grupo de Memoria Histórica “Masacre de Bahía Portete”. Desde su publicación han pasado ya más de tres años y nuevas preocupaciones han salido a la luz.

 

El Yanama de los  diez años

El Yanama es la conmemoración que se hace de la masacre cada año, y este 28 de abril no fue la excepción. “Este es un Yanama de la comunidad, no invitamos a las instituciones”, dice una lideresa de la organización Wayuumunsurat, “Mujeres tejedoras de paz”. El 18 de mayo se cumplirán dos años de negociaciones entre la comunidad Wayúu y la Unidad Nacional de Víctimas, en cabeza de Paula Gaviria, y los resultados aún no se ven, dice la lideresa. Según el abogado del proceso, Pedro Mahecha, de las más de cien familias que se desplazaron hacia Maracaibo (Venezuela), Riohacha y otros municipios, hoy sólo han regresado cuatro, "el resto viven de arrimados en zonas urbanas donde precisan de la hospitalidad para sobrevivir".

En abril de 2013, Paula Gaviria anunció el compromiso del Gobierno con un retorno colectivo que no sucedió. Débora Barros, líder comunitaria, dice que en reuniones con la Unidad de Víctimas se establecieron 14 condiciones mínimas para el retorno teniendo en cuenta las prioridades del pueblo Wayúu, entre otras la seguridad, el acueducto, la vivienda y la educación.

Diez años después tampoco hay completa claridad sobre las víctimas: Diana Fince Uriana y Reina Fince Pushaina, quienes salieron a comunicar la incursión paramilitar, continúan desaparecidas. 

Por esto, el décimo Yanama fue una conmemoración de resistencia en el que se sintió un olor a desesperanza frente a las instituciones del Estado. Para algunos desplazados de Bahía Portete, ha sido paradójicamente el Estado venezolano quién más atención humanitaria les ha prestado. María Antonia Fince es un caso emblemático en la memoria de la comunidad. Murió en Maracaibo a sus ciento cuatro años con su pensamiento anclado en Bahía Portete, falleció hablando de los chivos, el amüchi y el Jawei donde antaño iba por el agua. A María Antonia la enterraron en el desierto porque los Wayúu demuestran su propiedad sobre el territorio con sus muertos, los cementerios son sus “escrituras”. 

Un palabrero de la comunidad dice que la Unidad ha justificado "su lentitud" en el ruido generado por algunas personas en Bogotá, que se han presentado a reclamar como propias las tierras de Bahía Portete. “En 2004 el vicepresidente Francisco Santos y la empresa Cerrejón impulsaron un falso retorno con gentes traídas de otras partes de la Guajira, ahí la zozobra frente al retorno aumenta de peso”, relata el palabrero, hoy residente en Maracaibo.

La impunidad frente a los responsables de la masacre es otra de las demandas de la comunidad. “En la fiscalía reposan testimonios de alias "Pablo" que señalan a miembros del Batallón Cartagena como coautores de la masacre. Las camionetas pasaron por retenes militares por el sector de Uribía sin ningún problema y días antes de la masacre el ejército fue retirado de la zona de la Guajira Alta, a pesar de que la comunidad venía alertando la presencia de paramilitares en la zona y pese a que el Juez de Riohacha debe actuar con celeridad, hasta la fecha no se ha dado ninguna condena a miembros del Batallón Cartagena", dice el asesor jurídico de la comunidad, Pedro Mahecha. 

Uno de los líderes de la comunidad recuerda que él tuvo que presenciar la masacre escondido entre el monte sin poder hacer nada. Días después a sus oídos había llegado la noticia de que en el Batallón de Riohacha estaba un tal Capitán Rozo a quién alias "Pablo" le había matado un hermano en Yopal, Casanare, tiempo atrás, de manera que éste había visto en su encuentro una posible alianza para buscar a "Pablo". Según él, Rozo andaba tras los pasos de "Pablo". “Meses después al Capitán lo trasladaron hacia el Magdalena Medio, eso para mí era la demostración de que el ejército sabía todo lo que estaba pasando”, dice este líder.

Otra cara del desplazamiento es el desarraigo cultural. Una de las preocupaciones que hoy asalta a los viejos de Portete es ser testigos de cómo las costumbres se les van como arena entre los dedos de las nuevas generaciones. “En Maracaibo hay como treinta niños que no hablan Wayuunaiki porque no hay escuela con educación étnica, pero a los muchachos estos que son la pervivencia de esta comunidad les da pena ya tocar el cabrito [instrumento musical], los niños míos no quieren volver de Maracaibo, mi mama sí se quedó aquí (…) La niña ésta tenía un año cuando mataron a su tío Rubén, le tocó ver como lo arrastraron con la camioneta", dice una artesana residente en Maracaibo.

Pocas familias acudieron al décimo Yanama. La voces de las víctimas se oyeron y quedaron como un eco sobre los escombros de lo que un día fue Bahía Portete. En todo caso, el sol se sigue poniendo sobre una ranchería sin gente que cosechó sus costumbres del mar, el desierto y las estrellas, mientras el cansancio se cierne sobre las lideresas y la comunidad, por eso esta conmemoración terminó con la celebración de una Asamblea Comunitaria en la que se decidió solicitar al presidente Santos, vía derecho de petición, fijar fecha para visitar la zona hacia donde los líderes se comprometen a llevar las familias desplazadas a su encuentro. Agustín,  líder que detenta la autoridad de los años, es el mando tradicional de Portete y dijo en esta reunión: “yo no quiero morirme sin ver la ranchería ocupada por mi familia (…) yo quiero que el presidente venga y de autoridad a autoridad me mire a la cara”. Dicen sus familiares que mientras Agustín necesita ayuda para caminar cuando está en Maracaibo, en Portete se llena de gozo y vitalidad. 

Diez años después de la masacre el drama humanitario continua sin resolverse y pesan aún muchos intereses sobre las tierras de la Alta Guajira. Según Pilar Riaño, relatora del informe sobre Bahía Portete, "la complejidad del caso implica que la Colombia central no indígena renuncie a seguir interpretando la reparación de las comunidades étnicas desde un escritorio en Bogotá".

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Mar, 2015-04-28 20:44

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