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Jueves Noviembre 26, 2020

Blogoeconomía

De la mano negra a la mano invisible: opiniones y provocaciones de un grupo de economistas académicos.

Este es un blog a cargo de David Bardey, Juan Camilo Cárdenas, Marcela Eslava, Leopoldo Fergusson, Marc Hofstetter, Andrés Moya, Oskar Nupia, Catherine Rodríguez, Jorge Tovar, Rafael Santos y Hernando Zuleta. Todos son profesores de la Facultad de Economía de la Universidad de Los Andes.

Las opiniones expresadas por los autores se hacen a título personal y no comprometen el nombre de la Universidad de los Andes ni al grupo de Blogoeconomía como un todo.

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Por Hernando Zuleta

Las creencias son fundamentales en muchos modelos económicos pero sobretodo en modelos de economía política. Por ejemplo, se ha demostrado que el diseño de los sistemas económicos depende de las creencias acerca de los determinantes del ingreso personal.  En sociedades en donde es común asociar la pobreza con mala suerte, la población exige gasto redistributivo por parte del gobierno mientras que en países en donde se relaciona la riqueza con esfuerzo y talento los votantes no consideran que la redistribución sea una prioridad (ver por ejemplo este, este, este y este artículo).

El caso particular de las creencias acerca de la bondad o maldad de otros agentes tiene implicaciones importantes en varias dimensiones.  Por ejemplo, en las sociedades en donde se cree que los empleados públicos son corruptos, la gente es más proclive a evadir impuestos y a no cumplir con las regulaciones.

¿Cuáles son los determinantes de las creencias?

La literatura económica está llena de modelos en donde las creencias están sujetas a un proceso de aprendizaje racional. Sin embargo, en la práctica el poder explicativo del aprendizaje racional es limitado. Por ejemplo, hay optimistas que creen en un mundo justo incluso cuando se les presenta evidencia de lo contrario. Por otro lado, hay fatalistas que creen que las cosas empeoran cada día aunque la evidencia indique que no es así.

Uno de los casos más llamativos en los que las creencias no se ajustan a la evidencia tiene que ver con la percepción que tenemos de nuestras acciones. Algunos trabajos han identificado circunstancias bajo las cuales los agentes ignoran la información que les permite saber si están siendo justos o no. Suprimiendo esta información, distorsionan sus creencias acerca del ideal de justicia.[1] En otras palabras, las personas ajustan sus creencias para que sus acciones (buenas o no) sea justificables a la luz de dichas creencias.

Di Tella y Pérez-Truglia (2010) analizan el caso de creencias egoístas, es decir, creencias que facilitan la adopción de un curso de acción que sería inaceptable bajo creencias normales (como matar a un perro que no tiene rabia, tirar basura en la calle o parquear en una zona peatonal). En particular, estos autores ponen a prueba la hipótesis de creencias selectivamente distorsionadas.  La distorsión, en este caso, consiste en utilizar selectivamente la evidencia con el fin de suprimir las restricciones morales internas.

Por ejemplo, para un individuo colarse en una fila es, en general, inaceptable. No obstante, si cree que el orden de la fila no es justo porque muchas personas se han colado antes, la decisión de colarse se hace más aceptable. En este caso, la distorsión consiste en tomar la información disponible de forma selectiva para concluir que el orden de la fila es injusto.  

En un experimento controlado, cuyos detalles se pueden leer en el documento original,  Di Tella y Pérez-Truglia encuentran que los individuos que tienen la posibilidad de beneficiarse mediante conductas egoístas inapropiadas, suelen creer que la contraparte está abusando de su posición.  En otras palabras, ante la posibilidad de sacar provecho del comportamiento egoísta, las personas evitan acciones altruistas por distorsión de creencias acerca de otros.

Creencias, Bienes Públicos y Vandalismo 

La actitud de los ciudadanos hacia los bienes públicos depende, en gran medida, de las creencias.[2] Cuando los agentes perciben que los bienes públicos son resultado de un esfuerzo destinado a mejorar su calidad de vida, procuran cuidarlos y protegerlos. Por el contrario, cuando se asocia la provisión de bienes públicos al ánimo de lucro o a la corrupción, estos vienes se valoran menos.

Tal vez, el caso que mejor ilustra este hecho es el de Transmilenio en Bogotá. Cuando este sistema entró en operación era altamente valorado, los pasajeros pagaban los tiquetes,  cuidaban la infraestructura y, en general, había una actitud de respeto hacia este bien. Posteriormente, la imagen de Transmilenio se fue deteriorando y comenzaron a circular historias según las cuales el sistema pertenecía a familias de políticos que llenaban sus arcas a costa de los usuarios. De la mano de estas leyendas comenzaron a aparecer vendedores ambulantes y colados. Las creencias fueron ajustándose para justificar acciones reprochables y terminamos viendo cómo, amparados en protestas inicialmente legítimas, grupos de vándalos destrozaban la infraestructura del sistema. 

Desafortunadamente, hay muchos ejemplos de distorsión de creencias que afectan de forma negativa la provisión de bienes públicos. Evasión de impuestos, invasión del espacio público; incumplimiento de normas y otras acciones reprensibles se justifican por las creencias que tenemos con respecto al gobierno.

Trampas de Creencias

Uno de los problemas más profundos asociados con la distorsión de creencias en lo que respecta a provisión de bienes públicos es que la idea de que el gobierno es corrupto e ineficiente sirve para justificar la evasión que, a su vez,  genera una disminución en el recaudo y, por supuesto, en los fondos para financiar bienes públicos. Asimismo, la invasión del espacio público, el incumplimiento de normas etc. está asociado con caídas en la calidad de los bienes públicos. De esta forma, las creencias terminan confirmándose: La prueba de que el gobierno es corrupto o, en el mejor de los casos, ineficiente es que  no provee bienes públicos de calidad. Pero el gobierno, aunque no sea corrupto, no puede proveer bienes públicos de calidad porque el recaudo es bajo y los ciudadanos no cuidan los bienes. En otras palabras, las creencias se convierten en profecías auto-consumadas. 

 

[1] Konow, J. (2000). “Fair shares: accountability and cognitive dissonance in allocation decisions”, American Economic Review, 90 (4).

Dana, J. Weber, R. and Jason Xi Kuang. (2007). Exploiting moral wriggle room: experiments demonstrating an illusory preference for fairness. Economic Theory, 33.

[2] Un bien público puro es un bien que está disponible para todos y cuya utilización por un individuo no reduce o perjudica el uso que los demás puedan hacer de dicho bien. El sol y el aire son dos ejemplos de bienes públicos puros.  No obstante, existen muchos bienes públicos que no son puros. Por ejemplo, el espacio público en las ciudades o los sistemas públicos de transporte son bienes públicos que están sujetos a congestión.

 

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Mié, 2015-10-21 11:18

Los términos "egoísmo" y "egoísta" tienen connotaciones distintas en ámbitos diferentes y tal vez por eso me causó extrañeza leer esta columna. Porque el egoísmo a secas, sin adjetivo, es demasiado general como para aplicarlo con propiedad a una conducta específica.

Hay varios tipos de egoísmo: Moral, psicológico, biológico, racional. Pero, en términos generales, el egoísta busca su propio bienestar a expensas de los otros, en contravía del altruista. El egoísmo es la tendencia dominante en la sociedad actual, aunque para autocomplacernos pensemos que es lo "anormal". Pero no, el altruismo y la ética son lo excepcional, lo anormal, porque requieren elaboración, educación y motivación, y cuestan en lo personal.

El vándalo y el que tira basura a la calle no son egoístas, simplemente desprecian el bienestar ajeno. El que mata a un perro es más cruel que egoísta. El que evade impuestos o arrolla a otros, en la cola o en la vía, es solo un astuto, que no necesita justificación moral.

Jue, 2015-10-22 15:57

Nuevo,

Gracias por el comentario. En efecto, los términos "egoísmo" y "egoísta" tienen connotaciones distintas en ámbitos diferentes. Probablemente he debido ser más cuidadoso con el uso de estos términos.   

No obstante, de acurdo con su definición quien desprecia el bienestra ajeno es egoista en la medida en que el bienestar personal siempre prima sobre el bienestar de los demás. Por supuesto, hay muchas y diversas formas de egoismo. Lo que tienen en común los ejemplos que doy es que en cada caso el las consideraciones acerca bienestar de los demás juegan un papel menor o nulo.

Finalmente, estoy de acurdo en que no todos los actos egoistas están acompañados de justificaciones.

Mié, 2015-10-21 17:50

Sus observaciones empíricas coinciden con las mías, como espectadores que observamos a unos actores (¿o agentes?) y sus conductas, pero para mí no es evidente que dichas observaciones conduzcan a sus esperanzadoras conclusiones.

Destinar tiempo y esfuerzo en racionalizar una coartada moral puede ser simplemente una inversión en una fachada conveniente (egoísta) de superioridad moral, o para preparar una defensa para "cuando uno los ve".

Para llegar a pensar que existe algún tipo de interés moral, 'creo' que sería necesario observar también contrición o pena. Yo no sé si existan evasores de impuestos que se sientan tan afligidos por su falta que requieran del alivio de una justificación moral, pero lo más común es observar preocupación por las auditorías de la DIAN.

Me parece que la esperanza no está en los argumentos, sino en el condicionamiento, como ese que nos obliga a frenar ante un semáforo en rojo, sin pensarlo; aunque alguna vez fue también un comportamiento aprendido.

Jue, 2015-10-22 16:02

No creo que las conclusiones de CJ sean esperanzadoras. Hay quienes hacen cosas malas porque no les importa y no necesitan "coartada moral" y hay quienes hacen cosas malas con una "coartada moral". En la práctica los dos grupos hacen mal. La diferencia que que los segundos tienen un discurso para justificar sus acciones. Algunos de ellos puede ser cínicos que no creen en su discurso pero también hay quienes creen a cabalidad en su "coartada moral".  

 

Mié, 2015-10-21 09:45

la trampa de las creencias aplica a un monton mas de cosas; por ejemplo la baja confianza inter-personal y como esta tan correlacionada con las creencias de si el otro es confiable o no. o las creencias sobre los actos de fraude academico en los demas estudiantes o profesores y la autojustificacion para cometerlos entonces. lo cual me lleva a la pregunta, mi estimado zuleta, ¿las creencias se pueden cambiar para despues cambiar los comportamientos? ¿eso seria ingenieria social y es peligrosa? ¿marketing o manipulacion? al menos, veo yo, posibilidades de cambiar las creencias publicando datos mas realistas de los comportamientos de los demas.

Mié, 2015-10-21 10:34

totalmente de acuerdo con christian. la pregunta es si dar informacion mas veraz ayuda a salir de la trampa de las creencias.
por ejemplo en evasion de impuestos que a christian le interesa y conoce del tema

Jue, 2015-10-22 15:47

Gracias a los dos por los comentarios.

El punto central de la entrada es la conexión entre las creencias y las acciones egoistas. En este caso, el problema del gobierno hacer que la gente crea que no es corrupto y que sí es eficiente. Tal vez el gobierno puede lograr esto con mentiras si el efecto de las acciones egoistas es suficientemente grande. Curiosamente en este caso se puede dar un cambio de equilibrio aun si el gobierno es corrupto o ineficiente.

También se puede pensar en programas estilo Mockus donde el objetivo es que todos tengamos claro el costo social de nuestras acciones. 

También hay acciones del gobierno que contribuyen a cambiar su imagen y tienen efectos directos en la provisión de bienes públicos.

 

 

 

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