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Jueves Agosto 18, 2022

Blogoeconomía

De la mano negra a la mano invisible: opiniones y provocaciones de un grupo de economistas académicos.

Este es un blog a cargo de David Bardey, Juan Camilo Cárdenas, Marcela Eslava, Leopoldo Fergusson, Marc Hofstetter, Andrés Moya, Oskar Nupia, Catherine Rodríguez, Jorge Tovar, Rafael Santos y Hernando Zuleta. Todos son profesores de la Facultad de Economía de la Universidad de Los Andes.

Las opiniones expresadas por los autores se hacen a título personal y no comprometen el nombre de la Universidad de los Andes ni al grupo de Blogoeconomía como un todo.

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Es creciente la preocupación por la dificultad de los productores nacionales de bienes para competir con sus contrapartes extranjeras, tanto en el mercado colombiano como fuera del país. Industriales y productores agrícolas hacen saber que perciben estas dificultades cada vez con mayor claridad. Si bien la preocupación de que terminemos con una economía concentrada en lo minero es legítima, como lo sería una estrategia decidida del gobierno para batallar contra esa posibilidad, el debate fácilmente puede tornarse alarmista y llevar a decisiones contraproducentes. Así lo sugiere la reciente propuesta del gobierno de subir aranceles a los textiles.

¿Cuál es el origen de la preocupación? Hay una conjugación de factores. El primero es el contexto de un sector minero de creciente tamaño, que en los últimos años ha atraído inversión extranjera en grandes números. Esa entrada de recursos externos, sumada a la coyuntura internacional de devaluación del dólar, ha presionado la tasa de cambio a la baja. El resultado es un debilitamiento de la competitividad de otros productos: manufacturas y productos agrícolas nacionales deben ahora competir en el mercado interno con importaciones abaratadas por la menor tasa de cambio. Su situación en los mercados externos no es mucho mejor: sus precios de venta, puestos en dólares, han subido. Es esta situación la que ha prendido las alarmas al respecto de la potencial ocurrencia de una Enfermedad Holandesa, como se conoce al fenómeno en el que  rápido crecimiento de un sector primario genera efectos sobre los precios (como la tasa de cambio) que terminan por “comerse” a los demás productores de bienes en el país. Los factores productivos (la plata para invertir, el empleo) acaban por migrar al mismo sector en bonanza, y a otros que no sufren tan fuertemente la pérdida de competitividad, como los servicios. Si bien es apresurado hablar de que estemos viviendo tal enfermedad, lo cierto es que la realidad de la dinámica minera legitima la preocupación de que podamos llegar allá. Los otros factores que están jugando en contra de la competitividad del país tienen que ver con las fallas de gobierno en provisión de infraestructura (la eterna queja de que vale más llevar la carga a puerto en Colombia que luego transportarla de ahí a China), y los altos precios de los factores, en particular la energía y la mano de obra. Los potenciales efectos dañinos de esta conjugación de factores parecen validados por las cifras gruesas: pasamos de que la industria representara alrededor de 23% del PIB de 1980, a que tenga una participación de menos de 15% hoy en día.

¿Por qué es preocupante que se contraigan la industria y el sector agrícola? Por un lado, porque concentrar los recursos en unos pocos sectores tiene los mismos riesgos que poner todos los huevos en la misma canasta: si se llega a caer, tronamos. Y ese escenario es probable cuando la canasta es la de un grupo de productos  primarios, con precios que fluctúan de manera extrema; que lo digan los productores de café, quebrados hoy con un precio internacional a la mitad del de hace pocos meses. La diversificación de la estructura productiva también es importante para permitirnos a los colombianos realizar proyectos de vida tan diversos como lo son nuestros intereses. Esto en últimas quiere decir que es clave para que el país acabe efectivamente desarrollando un capital humano diverso y complejo que a la vuelta de algunas décadas le permita seguir alimentando la diversidad productiva: un círculo virtuoso que se puede volver vicioso si todos terminamos convertidos en financistas e ingenieros de petróleos. Por otra parte, es en la producción de bienes donde está más claro el espacio para innovar hacia productos de alto valor agregado, valor que pueda a la vez transferirse a los que invirtieron su esfuerzo laboral o su capital en esas innovaciones. Total: tener industria y agricultura es importante per se, aún si uno cree que todos los recursos empleados hoy en día en esas actividades se podrían re-colocar en otras.  

Se entiende entonces la preocupación por mantener la competitividad de la industria y la de la agricultura. Pero hay dos elementos importantes para el debate que han estado casi ausentes. Primero, es necesario poner esa preocupación en el contexto de las cifras menos gruesas, que indican que la situación es menos alarmante de lo que la discusión en medios parece sugerir. En posts recientes en focoeconomico.org, Juan Esteban Carranza apunta a dos hechos importantes en esta dirección. El primero es que la caída de la tasa de cambio es muchísimo menor si se compara el precio de la moneda solamente con los países a donde exportamos, especialmente si se extraen del cálculo las exportaciones tradicionales: café, flores y recursos naturales. Ese indicador modificado, que captura la competitividad de los exportadores de bienes no tradicionales en sus mercados de exportación, está de hecho en niveles comparables a los del año 2000. Es decir, sobre la última década larga el peso colombiano no se ha revaluado en comparación con la canasta de monedas en las que nuestras exportaciones compiten. El segundo hecho al que apunta Carranza es que la aparente tendencia de desindustrialización, que parece colegirse de las cifras de participación de la industria en el PIB, es en buena parte alimentada por tres factores artificiales: 1) cambios metodológicos en las series del PIB que parecen explicar casi la mitad de la aparente caída de la participación industrial; 2) la tercerización de servicios como aseo y computación, que antes contrataban y contabilizaban directamente las industrias como propios, y hoy en día subcontratan con el sector de servicios; y 3) el énfasis de la discusión en la participación relativa de la industria, ya que en términos absolutos la industria creció aceleradamente en los 2000 (justo cuando el peso se ha revaluado), luego de un estancamiento en la década anterior. Estas anotaciones no invalidan la legítima preocupación por cerrar los boquetes por los que se nos puede escurrir la industria (y la agricultura), pero sí invitan a ser más cautos en la evaluación de qué tan extremas son las medidas razonables.

El segundo elemento que, en mi opinión, no ha figurado suficientemente en el debate, se refiere a si es razonable atacar estas preocupaciones con medidas sectoriales. Un buen ejemplo para la discusión es el anuncio de la intención del gobierno de imponer un sobrearancel a la entrada de textiles y calzado, justamente para enfrentar la preocupación de los productores de estos bienes sobre su baja competitividad frente a las importaciones. La racionalidad de esta medida no es clara. Por un lado, los argumentos que los textileros han esgrimido caen mayoritariamente en la categoría de fenómenos que los afectan a ellos tanto como a los demás sectores transables: la infraestructura, el precio de la energía, la revaluación, el salario mínimo. Adicionalmente, el asunto no es sólo si es justo darles a unos y no a otros, sino más bien a si es justo darles a unos para quitarles a otros, porque toda medida que encarece o abarata unos productos tiene beneficiarios y perdedores (no sólo por “envidia” o “falta de solidaridad” como afirmó Olga Lucía Lozano en Portafolio!). En este caso, los perdedores ya han salido a relucir: hay activa oposición por parte de los productores nacionales de ropa que usan textiles importados y de los gremios de comerciantes. Estos, incluso, afirman que la capacidad de producción nacional es insuficiente para cubrir la demanda interna, así que los consumidores también pagarían platos rotos.  Finalmente, un elemento de la problemática que sí es de naturaleza sectorial, el contrabando, tampoco justifica el sobrearancel sectorial. Las importaciones ilegales con frecuencia no pagan aranceles, así que subir esos aranceles no contribuye a solucionar el problema.

Los problemas de competitividad del país tienen origen primordialmente en factores que les son comunes a todos los productores de bienes transables. Las soluciones más eficaces, por tanto, son de similar naturaleza. En lugar de perder el camino ganado con la eliminación de tratamientos preferenciales que se dio durante la apertura (cuando lo clave no fue sólo reducir los aranceles, sino eliminar diferencias arancelarias inter-sectoriales), el gobierno debería continuar avanzando en sus iniciativas de reducción de costos generales. Un buen trecho se recorrió con la eliminación de parafiscales en la reforma tributaria de diciembre pasado, y otro más con la renovada disposición del Banco de la República a comprar dólares, ahora que la coyuntura inflacionaria y el nivel inicial de la tasa de interés lo permiten. Algo se avanzó también con la reducción de costos de la energía en 2010. Se debe ahora profundizar esos logros empujando a fondo el acelerador de la ejecución en infraestructura; concretando las tan anunciadas plataformas logísticas; manteniendo ojo avizor en la tasa de cambio, y disposición a contrarrestar la revaluación mientras lo permita el contexto inflacionario; y buscando maneras de continuar bajando los costos laborales y energéticos.

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Mar, 2013-03-05 22:24

Al que escribió esto. ¿Puede mostrarnos como ha mejorado el bienestar de la inmensa mayoría a raíz de la eliminación de los parafiscales?
y ¿Por qué preferir el indicador "modificado"?

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