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Jueves Diciembre 02, 2021

El desarrollo legislativo en materia de desplazamiento forzado ha ido creando núcleos de desplazados en los centros urbanos. ¿Qué pasa con aquellos desplazados que no quieren ir a las grandes ciudades? Esta es la historia de don Pedro Carrasco, quien hace más de una década salió por la fuerza de Chiscas, Boyacá.

Si hubiera sabido que la guerrilla iba a venir a sacarlo de su casa, Pedro Carrasco no habría lavado toda la ropa de un solo envión esa tarde. Lo último que recuerda de Chiscas, en el departamento de Boyacá, es haber visto unos pantalones escurriendo agua en el tendedero, y entre la certeza de saber que la ropa se le iba a podrir si la empacaba, y los empujones de su sobrino que le rogaba que se fueran de una vez, salió de su casa con lo que tenía puesto, antes de que aclarara el día. Parece que fue el 7 de agosto de 1999. Don Pedro dice que parece porque reconoce las trampas que sus 82 años le ponen a la memoria. Tiene que cerrar los ojos para tratar de acordarse de las banderas de Colombia meciéndose con el viento, esas que vio desde la flota, en los primeros días de agosto, pero que ya no recuerda con precisión. “Esa no es una fecha que uno quiera visitar con el pensamiento”, dice don Pedro. Aunque no hubo disparos, la guerrilla si le puso claro, a las patadas, que lo dejaba ir porque no valía la pena gastar una bala en un viejo como él. Lo único que alcanzó a sacar fue el sancocho memorable de cinco gallinas que se quedaron preparando con su sobrino esa noche para velar el sueño. Como ninguno podía dormir con el susto encima, y como no sabían para donde iban, ni cuando volverían a comer, se levantaron a media noche y despertaron a las gallinas para echarlas a la olla. Lo otro, los marranos, caballos, vacas y hasta la tierra, se les quedó entre el afán y el cansancio de buscar quién les diera algo, cualquier cosa, para poder salir de Chiscas y pagar los primeros gastos. Caminaron hacia el pueblo sin decir nada, con la cabeza cruzada al mismo tiempo por rezos y maldiciones. Don Pedro lamentó haberle regalado una caja de fósforos y un balde con agua a unos soldados del batallón contra guerrilla la semana anterior porque, como dice él, uno debe hacerse matar por algo grande, pero nunca por una pendejada.

Cargando la olla del sancocho todavía tibia y suplicando no cruzarse con nadie, se encontraron de frente con doña Concia Rodríguez, que iba cubierta por una mezcla de barro y mierda, con la garganta rota de llorar a tres generaciones de muertos, todas suyas y todas al mismo tiempo. Ni su esposo, ni sus hijos, ni sus nietos pudieron, como ella, escaparse de la guerrilla por un desagüe. Concia pasó gritando su desgracia; no se dio cuenta que dejó a don Pedro y a su sobrino clavados en la orilla de la carretera, sintiendo otra vez en la nuca los fusiles del día anterior. Se subieron al primer bus que pasó y sólo después de dos horas de ver por la ventana veredas y vacas, se enteraron de que iban para Bogotá. Se bajaron en Tocancipá. A Gachancipá llegaron dos días después, guiados por el resplandor de los invernaderos que de lejos les parecían agua. Arrancaron a caminar mientras se bajaba el nivel al sancocho, que todavía se regaba por el borde de la olla. Al tercer día ya no les quedaban sino los huesos entre la olla, y el cuarto día la estanciera empezó a cobrarles por adelantado la dormida. Aunque don Pedro ya había conocido en Gachancipá a doña Carmen Olaya, la volvió a buscar para contarle, esta vez con la verdad, lo que había pasado. Los siguientes ocho días los pasaron agarrados de la loma, con el machete en la mano, abriendo el monte. Cuando terminaron apareció una casita de bareque, que doña Carmen les ofreció para que se quedaran, y allí se quedaron. Las camas y lo que les hacía falta, lo fueron consiguiendo entre la gente del pueblo.

Del papel a la tierra
Acción Social es la agencia del gobierno que conforme lo estipula la ley 387 de 1997 desarrolla el programa de atención a desplazados. A diciembre de 2009, reportaba 3,3 millones de desplazados registrados en su programa. A esta cifra deben sumarse quienes, como don Pedro, son desplazados anónimos que no están en la estadística porque no han llegado a las grandes ciudades, donde están los puntos de atención a desplazados. Ángela Bohórquez, funcionaria de la Unidad de Atención y Orientación a la población desplazada (UAO) de Bogotá así lo confirma: “Lo más difícil es lograr llevar la información uno a uno, encontrar a los desplazados que se quedaron regados por el campo. Entre el monte es muy difícil encontrarlos. A veces ni nosotros sabemos que están ahí”.

“Como una pluma, flotando en el aire”
Hoy don Pedro vino a misa de doce envuelto entre su ruana blanca y con el sombrero clarito. Escampando el sol en una tienda, dice que lo justo en un día como este es levantarse tarde, a las seis de la mañana, y lavarse la cara como los gatos. Lo que más le gusta de venir al pueblo en Gachancipá es encontrarse con los amigos y hablar sobre cualquier cosa. Sobre Gonzalo Rivera, por ejemplo, que le tiene las tierras de Chiscas en arriendo. No hay un contrato escrito, sólo la palabra empeñada y la confianza de recibir, cuando más los necesite, quinientos mil pesos por año. El mismo Gonzalo Rivera le contó a don Pedro cómo fue que la guerrilla le tumbó la casa para que no volviera. Ese día, por primera vez, se le ocurrió pensar que él era un desplazado, que le iba a hacer caso a sus amigos, que era mejor no volver nunca más a Chiscas. “Por eso es bonita la tierra, no se la pueden llevar”, dice don Pedro. Cuando le cuento que existen organizaciones de apoyo para los desplazados, lanza una mirada que parece revolverle por dentro, en un segundo, los últimos diez años. “No, no sabía”, responde, y al fondo suenan las campanas que llaman a misa.

Desde que se montó, don Pedro no ha dicho nada. Cerró la puerta del carro y se quedó mirando por la ventana todavía con el sombrero blanco puesto. La carretera destapada va subiendo la montaña entre el olor de los árboles y de la hierva removida. Don pedro se baja del carro teniéndose el sombrero y de la silla de atrás coge el mercado de veinte mil pesos que le acaba de hacer un amigo; panela, una libra de espagueti, media libra de arroz y media de fríjoles. “Allá abajo, en uno de esos, trabajaba mi sobrino”, dice don Pedro señalando un grupo de invernaderos que está detrás de la carretera y frente a los cerros occidentales. De él no ha sabido nada desde Octubre del año pasado. Se fue una mañana y lo último que dijo fue que tenía que viajar a Santander a cuidarle una enfermedad a su suegra. Sobre la cama dejó una imitación de un reloj Citizen sin pilas, que don Pedro todavía le guarda para cuando vuelva. Don Pedro que va adelante y no deja de mirar el piso mientras habla. Camina saltando de piedra en piedra, llevándole el ritmo a la montaña que cambia de pendiente en cada giro. Pasa de una mano a la otra el talego del mercado y se limpia el sudor con la punta de la ruana. Ya estamos cerca de la casa y don Pedro empieza a caminar más despacio, a mirar sobre el hombro, a señalar el nombre de cada mata, a hacer conversación. Supone, por ejemplo, que desde su casa hasta el pueblo hay casi una hora. El tiempo lo mide en pasos porque no tiene otra forma de hacerlo y montarse en un carro que lo baje hasta Gachancipá le cuesta cinco mil pesos, que prefiere guardarse para comer algo. Aunque la casa de don Pedro ha cambiado desde que se la arrancaron al monte, cuando llueve le sigue bajando por las paredes el agua de siempre. Como piensa en voz alta, lo que más le molesta son las detonaciones del granizo en el techo de zinc, que no lo dejan ni escuchar sus propios reclamos. En el piso de tierra, ha ido tallando canales para evacuar el agua y queda cercado por islitas de tierra en las que hay que pararse a esperar que deje de llover. Once años de estar esperando le han enseñado a don Pedro que en Gachancipá no hay sol que dure todo el día, por eso ha ido cogiendo el hábito de tapar, todas las mañanas, su cama con un plástico.

Además de la pieza original de bareque, don Pedro levantó la cocina con los bloques que poco a poco le fue trayendo doña Carmen. A las gallinas que le han regalado les armó en la parte de atrás un corral que envidiaría ese marrano gordo que espera tener algún día. La muerte de Carmen Olaya, hace dos años, puso a temblar a don Pedro. Y es que la nueva generación de los Olaya está mandando zarpazos para ver quién se queda con la tierra donde vive. El lío ya pasó por la estación de policía, por el ICBF y por la Personería de Gachancipá, y aunque el personero falló a favor de don Pedro, él no deja de acordarse de la vez que la Corporación Autónoma Regional (CAR) también vino, hace 8 años, a sacarlo de ahí porque es una zona de patrimonio forestal. Esa vez le tomaron la declaración y don Pedro firmó con una equis la historia que no se ha cansado de contar. Mirando la carretera desde su casa repite en voz alta: “nada de esto va a pasar a mal, porque en la vida yo siempre he estado así, como una pluma, flotando en el aire por la gracia de Dios”.

Comentarios - Cada usuario tiene la posibilidad de incluir solo tres comentarios
Mar, 2010-07-27 16:39

buena cronica...

Mié, 2010-07-21 13:45

Cuando junto a mi familia tuvimos que desocupar la parcela después de enterrar a nustro padre asesinado por las bestias de este pais, y arrinconarnos en una ciudad, vivimos la mas deseperante agonia, no es facil sobresalir cuando en el campo se tiene todo y la ciudad, ess selva de cemento, te toca mendigar, es duro cuando cuando el hermano pequeño a media noche se despierta sobresaltado y llorando porque escucha los disparos que cegaron la vida a nuestro padre, y que decir de la abuela con su llanto inconsolable, el llanto desesperado de mi madre, son recurrdos que le envenan el alma a uno. Historias como la de Pedro Carrasco, la de amigos mios y la de mi familia existen muchas en este pais sin que exista el papel el plumero y el periodista para escribirla, peor aun, desamparados por el estado.

Sáb, 2010-07-17 18:57

No se si comentar sobre lo hermoso de la crónica o enredarme nuevamente en la angustia que produce saber que esta y muchas más historias similares, son ciertas.

Dom, 2010-07-11 20:07

Estos son los artículos que vale la pena leer. La Silla Vacía se estaba volviendo una farandulera política con tanta elección. Es grato encontrar cronistas así y estas son las voces que la silla vacía debe hacer hablar. Muy bueno y obviamente muy preocupante y realmente desalentador. ¿Cuándo despertará Colombia ante tanto crimen y tanta miseria?

Dom, 2010-07-11 11:08

¡CARAJO! tengo el alma partida.........

...en esta orilla del mundo
lo que no es presa es baldío...

gracias presidente mafioso por hacer de Colombia la Kenya lationoamericana...

un país sumido en la miseria, de mayor inequidad social, desplazamientos, ejecuciones extrajudiciales y continúa...

miseria, miseria y más miseria humana... hasta el color naranja los identifica.

¿DIOS, por que me hiciste SOCIALISTA?

Solidaridad con los desplazados, con los despojados de sus tierras, con parientes y deudos de los ejecutados extrajudicialmente por parte del estado mafioso.

Sáb, 2010-07-10 10:26

un afortunado, lastima por la gran cantidad que ahun nó han recuperado sus tierritas, y que asco la corruptela que nos tiene como cualquier pais africano en conflicto.

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