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Viernes Noviembre 15, 2019

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Consuelo Rincón solo estudió hasta quinto de primaria. Pero hoy, vestida con bata blanca, guantes, tapabocas y un gorro que le cubre el pelo azabache, esta mujer campesina de 35 años maneja un laboratorio científico que produce semillas de papas nativas de altísima calidad.

“Es biotecnología hecha por campesinos”, cuenta con orgullo Consuelo -nieta, hija y esposa de papicultores- mientras va señalando uno a uno los complejos aparatos dispuestos en los mesones de cerámica de este laboratorio perdido en medio de una vereda. Por los ventanales se cuela el montañoso paisaje de Carmen de Carupa, un pueblo escondido en el norte de Cundinamarca, a minutos del valle lechero de Ubaté y a una hora larga de Bogotá.

Las explicaciones de Consuelo están salpicadas de jerga científica, de 'conjugados enzimáticos', 'potenciómetros para medir el pH' y 'autoclaves'. Ella es una de las integrantes de las cinco cooperativas de campesinos de Cundinamarca y Boyacá que están luchando por sacar adelante su pequeña empresa productora de semillas nativas certificadas y limpias de enfermedades. Y, con ella, su proyecto de ciencia hecha por campesinos, que es toda una rareza en Colombia.

“Es un laboratorio hecho por las comunidades, para las comunidades y manejado por las comunidades. Eso es la innovación social”, dice Santiago Perry, el ex viceministro agrario e integrante de La Silla Rural que es uno de los mayores impulsores de la agricultura familiar en el país y del laboratorio de Consuelo. De hecho, la FAO -el brazo agrícola de Naciones Unidos- lo considera como un ejemplo en innovación con pequeños productores a nivel mundial.

Que este laboratorio no sea una excepción, sino la regla, es una de las metas del punto agrario de La Habana, que –si se firma un Acuerdo final con las Farc y se cumple lo negociado- vería un programa masivo de fomento a la ciencia, la innovación y la tecnología en el campo. Poner esos recursos al servicio de los pequeños productores y no sólo de las grandes fincas agroindustriales es precisamente uno de los puntales del ambicioso plan para transformar las condiciones de vida en el campo, que busca que sus habitantes dejen de ser ciudadanos de segunda.

En lo alto de una vereda de Carmen de Carupa, cinco cooperativas campesinas -uno de cuyos líderes es Luis Moncadas- montaron un laboratorio biotecnológico para producir semillas de papas certificadas. Fotos: Andrés Bermúdez Liévano.
Un laboratorio en el campo

Cuando arrancó el laboratorio hace un año y medio, a Consuelo y sus compañeros les dijeron que estaban locos.

'Ustedes no han ido a la universidad'. ‘Ustedes no tienen la plata, la infraestructura ni la gente experta’. '¿Qué conocimiento tiene un campesino?', les echaban en cara muchos paperos de esta tierra, que fue uno de los epicentros del paro agrario de 'clima frío' del 2013 y el lugar donde nació su líder indignado César Pachón. '¿Cómo un laboratorio en el campo?', era la puya que más se repetía.

Ellos, sin embargo, tenían otra idea.

“El campesino sabe producir y produce bien. Lo que le falta es comercialización y que toda esa información que está guardada en las universidades nos llegue y se junte con el conocimiento empírico que tenemos”, cuenta Luis Moncada, papero y lechero desde hace tres décadas.

Ese fue precisamente el germen que vio nacer el laboratorio, ubicado en la casa de ladrillo de dos pisos en lo alto de la vereda carúpana de Alizal. Todo empezó cuando los campesinos de Carupa, que venían trabajando en producir semilla de papa, se juntaron con dos aliados con cancha en el tema. Por un lado, con la Corporación PBA de Perry, que impulsó un laboratorio similar en San Jacinto (Bolívar) donde otros campesinos están produciendo semillas de yuca y de ñame que luego venden a campesinos de todos los Montes de María. Y por el otro con la Universidad Javeriana, que tiene uno de los mejores laboratorios de botánica en el país y que les enseñó cómo trabajar.

“Ahí está el resultado de todo”, dice Luis, mientras sonriente señala una treintena de canastas verdes, arrumadas en una esquina de la oficina de la cooperativa y llenas hasta el tope de papas. O más exactamente, 21.784 papas de la variedad parda pastusa y otras 6.173 de Diacol Capiro que salieron en su primera 'cosecha' hace un mes y medio.

Solo que no son exactamente papas. Al menos no en el sentido tradicional: no irán a la plaza de mercado ni al plato de nadie, sino que las comprarán cooperativas de papicultores y pequeños productores -como las socias boyacenses del laboratorio Copaboy y Coipaven- para sembrar en sus parcelas.

El secreto está en la multiplicación no de los panes y los peces, sino de las papas.

Con 10 mil de estos minitubérculos -como los llaman ellos- se pueden sembrar entre 10 y 20 hectáreas de papa. Y, aunque a un productor le salen más caros que las semillas que puede comprar localmente, la inversión se justifica: son la clave para saltar de producir 12 toneladas de papa por hectárea a 25 y hasta 35 toneladas.

Todo por la calidad de la semilla nativa, certificada y limpia.

Marcela Pinilla, una de las dos mujeres campesinas que maneja el laboratorio, está terminando su tesis universitaria sobre el rescate de tres variedades nativas de papa allí mismo.
El arte de reproducir papas

Pero para llegar a ese nivel de productividad los campesinos de Carmen de Carupa tienen que trabajar casi un año.

Todo comienza en el segundo piso, blanco color hospital, de la casa de Asoagroalisal. En el centro de una recámara sellada, sobre una mesa, hay una caja rectangular con la forma de un acuario y una tapa de vidrio que se levanta y se cierra como si fuera un pupitre escolar.

Ese aparato -llamado la cámara de flujo laminar- es donde trabajan siempre Consuelo y su prima hermana Marcela Pinilla, las dos 'jefas' del laboratorio in vitro que ya aprobó el estricto examen fitosanitario del ICA.

Usando un estereoscopio, van buscando el minúsculo tesoro con el que empieza la reproducción de papas campesinas. Desconchan y separan los entrenudos de las ramas de una planta de alta calidad que reciben de los laboratorios de Corpoica (el brazo de investigación del Ministerio de Agricultura), hasta identificar una fibra más pequeña que la cabeza de un alfiler.

“Yo que de pequeña vi sembrar papa, para mí la que tenía hartos ojos era la buena. Nunca me imaginé que en una rama hubiera un tejido milagroso llamado meristemo”, dice Consuelo, recordando cómo les costaba encontrarlos durante las capacitaciones que hicieron hace dos años en la Javeriana en Bogotá. “Ya lo mató, ya no hay nada”, les decían las profesoras de biología de la universidad.

Ahora tienen cancha en el difícil arte de encontrarlos. Los sacan con la punta de un bisturí, con la precisión de un bacteriólogo y cuidándose de no rasgarlos, y los ponen dentro de un tubo de ensayo o un frasco de compota lleno de un medio de cultivo que ya tienen preparado. Esa gelatina grisácea en la que lo plantan -siempre boca arriba, según Consuelo, “porque si no, se ahoga y se necrosea”- es la que les proveerá los nutrientes para que comiencen a crecer.

A partir de ese momento, se convierten en las mamás guardianas de unos punticos microscópicos que algún día serán papas. Su guardería es una biblioteca llena de frascos en un cuarto luminoso pero herméticamente sellado del mundo exterior, con un espejo mural que ayuda a subir la temperatura en este paraje paramuno a 2.980 metros de altura.

A las tres semanas, sacan los punticos -ya como la cabeza de una puntilla- y los pasan a otro frasco con la sustancia gelatinosa renovada, para reemplazar la que ya está amarillenta y debilitada. Repiten la operación otras tres semanas después, siempre con la punta del bisturí, cuando el hijo ya es un minúsculo tallito alto como una uña, en el que se asoman de cuatro a seis hojitas.

En su cuarta mudanza, cuando ya se alza dos centímetros por encima del gel, comienzan las cirugías: cercenan el esqueje en dos y los vuelven a cultivar en frascos. Cuando llegan a los cinco centímetros, vuelven a dividirlos en otras cuatro o cinco plántulas, listas ya para dejar sus frascos y pasar a dormir en una pequeña bandeja. Otro par de semanas después, cada una de ellas -cortada a la altura del entrenudo- da paso a otras cuatro o cinco.

Y así sucesivamente: dependiendo de la calidad del 'material' original, se pueden hacer hasta diez propagaciones, momento en el que ya comienzan a perder su brillo genético.

Empezaron con tres variedades comerciales de papa: la parda pastusa que tiene mucho mercado en Cundinamarca, la Diacol Capiro que se vende bien en Boyacá y la criolla clásica. Pero su meta a mediano plazo es empezar a rescatar y 'limpiar' variedades nativas, que se ven localmente pero que aún son propensas a enfermedades: la tocana colorada con sus vetas moradas internas, la colombiana, la argentina, la espaldona y la pana blanca.

En todos los pasos, como enfermeras cuidadosas, Consuelo y Marcela les hacen extensos diagnósticos para detectar y 'limpiarlas' de una lista de virus con nombres de personajes de novela distópica: PVY, PVX, PVS, PLRV.

“Es harto equipo. Y eso que este es un laboratorio de bajo costo”, dice Marcela, una campesina vivaracha de 25 años está terminando administración agropecuaria en la Universidad de Cundinamarca. De hecho, la tesis de grado que presentó esta semana fue sobre el rescate de tres variedades nativas de papa –la tuquerreña, la española negra y la carriza- en el laboratorio.

Al final de seis meses viviendo en el laboratorio, las plantitas de papa que se levantan unos 7 centímetros sobre la gelatina ya están listas para el mundo exterior.

En ese momento Consuelo y Marcela le pasan el cetro a Luis, el guardián de los dos invernaderos. Las 700 plantas criadas en el laboratorio -hijas de los 50 meristemos con que suelen arrancar a trabajar en cada variedad- hacen la travesía de un centenar de metros hasta las camas de tierra donde ya crecerán de la manera habitual.

Al comienzo pasaban primero por un invernadero intermedio, donde unas máquinas que cuelgan del techo como serpientes las rociaban con agua nebulizada. Pero las ingentes cantidades de agua y de luz dispararon sus facturas, así que se inventaron un sistema casero con vasos de plástico que suplen esa función.

En el invernadero crecen otros seis meses, ya bajo su forma reconocible de matorral y vigiladas por un termómetro que marca 40 grados centígrados.

La primera cama, en toda la esquina a la derecha, es un manchón de verde brillante con ocasionales destellos de fucsia y amarillo canario: son las plantas de papa tuquerreña que sembraron hace un mes y que ya llegan casi a la altura de un perro.

Al lado, entre un revoltijo de hojas secas y raíces de color ocre, está la primera camada de papa criolla, sembrada en junio y ahora lista para excavar. Luis escarba entre la tierra y saca varias esferas del tamaño de limones.

En el centro, hay tres hileras con pardas pastusas en su tierna infancia. Y en las esquinas dos camas de tierra negra, que aguardan que termine el intenso verano -que tiene chamuscado y vestido de un color pajizo a todo fértil valle de Ubaté- para que les toque su turno.

Por ahora esa primera producción no les dejó ganancias, sino aprendizajes. Pero, a mediano plazo, las perspectivas son buenas.

Sobre todo porque les permite darle un valor añadido a su producto: unos 3500 minitubérculos de los de Carupa se pueden vender -a unos 400 pesos por cada uno- en casi millón y medio de pesos, mientras que una carga de papa de consumo del mismo volumen no llega ni a 100 mil pesos.

Y a sus clientes les da papas de mayor calidad, que será su gancho en un mercado en el que por precio no pueden competir.

“El productor grande solo piensa en taparse de plata. No le importa quién se come la papa, no le importa que la papa sea de buena calidad, ni que el consumidor esté satisfecho. Él no piensa en el consumidor de la misma manera que nosotros, que dependemos totalmente de él”, dice Luis, mientras juega con algunas de las papas criollas al pie del cajón de tierra. 

Consuelo Rincón y Marcela Pinilla, dos mujeres campesinas de Carupa, son las encargadas de que las pequeñas plántulas de papa crezcan en el laboratorio.
La ciencia en La Habana

Que campesinos como Luis Moncada y Consuelo Rincón tengan acceso a tecnologías avanzadas como la producción de semillas in vitro es uno de los puntos del acuerdo sobre el campo firmado en La Habana, que apunta a crear los instrumentos para solucionar los problemas estructurales del atraso del campo que han alimentado la guerra.

De ahí que la “promoción y protección de semillas nativas y bancos de semillas para que comunidades puedan acceder a material de siembra óptimo y de manera participativa contribuyan a su mejoramiento, incorporando sus conocimientos propios” que acordaron el Gobierno y las Farc sea un punto fundamental del acuerdo agrario.

“La innovación finalmente no es inventarse algo de otro mundo. Son cosas que pueden ser pequeñas, pero que hacen una gran diferencia en el terreno”, dice María del Pilar Márquez, la bióloga de la Javeriana que los ha acompañado y que también está apoyando a campesinos boyacenses a rescatar tubérculos andinos como la cubia, la ibia y la ruba.

Porque, aunque algunas entidades como Corpoica o el Centro de Investigación en Agricultura Tropical (CIAT) en Palmira tienen proyectos en lo que se llama investigación participativa, son más las golondrinas que el verano y en la mayoría de los casos no hay un apoyo del Gobierno. Eso muestra que el trabajo que queda por llevar la ciencia, la innovación y la tecnología al campo es enorme.

Lo es porque de que los millones de campesinos del país tengan acceso a semillas de calidad y puedan elevar el nivel de productividad de sus fincas depende el éxito del aterrizaje de lo que el Alto Comisionado para la Paz Sergio Jaramillo llama la “paz territorial”, que no es otra cosa que asegurar que las grandes transformaciones se hagan en las regiones más golpeadas por la guerra y más abandonadas por el Estado.

“Si no mejoramos sustancialmente las semillas y la tecnología de los productores, no va a haber competitividad ni rentabilidad para los campesinos”, dice Santiago Perry, quien forma parte de la Misión Rural convocada por el gobierno Santos y liderada por el ex ministro José Antonio Ocampo que está recomendando darle un revolcón completo al tema de la innovación en el campo.

Esa mayor productividad y el uso de semillas limpias, a su vez, disparan un círculo virtuoso.

“Si partes de una semilla certificada, tienes asegurada buena parte del cultivo y usas menos agroquímicos. Si esto lo hubiéramos hecho hace décadas, seguramente no tendríamos los problemas de cambio climático y de falta de agua que tenemos hoy en los páramos donde se cultiva papa”, dice María del Pilar Márquez.

El punto es que esas políticas se centren en que los pequeños productores puedan sacarle provecho a esos avances tecnológicos.

“Si se busca la paz, tienen que apoyar a los pequeños productores y a los agricultores familiares. Porque a nosotros nos prometen subsidios, pero no nos ayudan a crear empresa”, dice Luis, el más político de todos los asociados de Carmen de Carupa. No en vano acaba de ser candidato verde al concejo del pueblo, quemándose por apenas dos votos.

Con sus papas, ellos también han crecido. Consuelo está validando décimo grado gracias a un programa de la Gobernación de Cundinamarca en que le asignan trabajo para hacer en una tablet.

Y Marcela entregó su tesis esta semana. Tiene algo de nervios porque la única corrección significativa que le marcó su tutora es reseñar los esfuerzos de otros investigadores en rescatar esas tres papas nativas a las que ella les ha dedicado sus últimos seis meses.

“Sí hay bancos [con esas semillas], pero no encuentro nada de información de gente que las esté trabajando. He buscado por todas partes”, dice, un poco preocupada.

Pero eso es porque, en realidad, en ningún rincón de Colombia están haciendo lo que ella está haciendo. No con esas papas.

Al final de un proceso de un año, los campesinos de Carupa cosechan varios miles de papas listas para ser sembradas en todo Cundinamarca y Boyacá, libres de enfermedades y con una productividad hasta tres veces mayor a la normal.

A raíz de la importancia de llevar la ciencia, la tecnología y la innovación al campo, La Silla Rural abrió una discusión sobre el tema. Dado que casos como el del laboratorio de Carmen de Carupa demuestran que los pequeños productores pueden manejar tecnología de punta y ser competitivos, ¿cuáles proyectos de innovación científica campesina cree usted que debería apoyar el Gobierno? ¿En qué sectores productivos y qué tecnologías lo ve usted viable?

Para responder a la pregunta y ver las posturas de los integrantes de La Silla Rural, haga clic acá.

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    El laboratorio lo montaron en el edificio que construyeron en el predio de una hectárea, en la vereda Alisal de Carmen de Carupa, que había comprado Asoagroalisal -una de las cinco cooperativas socias del proyecto- en 2000.
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    Hasta los líderes de los gremios, dudosos del proyecto, decían que no era posible darle material biológico de Corpoica a los campesinos.
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    Ellos saben que un pequeño foco de enfermedad puede convertirse fugazmente en una epidemia. Como en 2005, cuando -en una época de escasez de semilla- algunos campesinos trajeron unas de Villapinzón contaminadas por el hongo llamado spongospora, que desata una enfermedad llamada la sarna polvosa que rápidamente se regó. O la palomilla, otra plaga que no permite que se multipliquen las semillas.
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    Tras una capacitación de tres días con los profesores de biología de la Javeriana, donde les enseñaron a preparar los medios de cultivo y a encontrar el meristemo, Consuelo y Marcela empezaron a trabajar en el de Carupa. Al comienzo, cuentan, les tocaba llamar cada rato a sus profesoras, pero pronto le cogieron el tiro y hoy manejan todo solas con destreza.
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    En la nevera del cuarto donde se preparan los medios de cultivo tienen todos los insumos con los que preparan esa gelatina opaca que le da los nutrientes a los meristemos, para que crezcan y se conviertan en las plantas de su invernadero.
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    El punto agrario de La Habana habla de llevar la ciencia, la innovación y la tecnología al campo, algo fundamental no solo por las necesidades de los productores sino porque los pocos casos modelo que existen -como el de Carupa- funcionan sin ningún apoyo del Gobierno.
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    A cada aparato Consuelo y Marcela le hicieron el protocolo, que luego imprimieron y pegaron en las paredes, que les recuerda los pasos exactos de uso de cada uno de ellos. Estos aparatos que parecen ollas a presión son los equipos de de esterilización. Para montar todo el equipo contaron con el apoyo de una beca de Colciencias.
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    Además de producir semilla de papa, en el laboratorio están reproduciendo variedades cada vez más raras orquídeas del páramo, de los géneros Odontoglosum o la Prostechia, gracias a un proyecto que montaron con Tropenbos, el brazo colombiano de una conocida ONG holandesa especializada en bosques.
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    Ahora están experimentando la siembra de orquídeas nativas en medios de cultivo preparados a partir de tomate, plátano y carbón e incluso -en un invento propio de Marcela que está dando mejores resultados aún- de papa.
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    Tras seis meses viviendo en el laboratorio, Consuelo y Marcela cargan -con la protección de una servilleta húmeda- todas las plantas enanas que ya están listas para crecer dentro del invernadero.
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    “Esto es de tiempo y de persistencia, de estandarizar los procesos y también irle bajando los costos”, dice Luis, mientras saca unas papas criollas que ya están listas para cosechar.
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    Una de las dificultades que tienen los pequeños productores es que venden los productos básicos, pero tienen pocas oportunidades para hacerlo con un valor agregado. Por ejemplo, Luis insiste en que los pequeños productores pueden aprovechar que -según él- “la gente en la ciudad quiere que su papa le llegue limpiecita” y montar centros de lavado que las empaquen ya lista para el consumidor, sin necesidad de un intermediario que lo haga.
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    “¿Cuándo se va a liberar ese conocimiento que tienen las universidades a los productores en todo el país?”, pregunta Luis. Esa es una de las metas del laboratorio de Carupa: que la innovación científica y, sobre todo, que esa tecnología pase de las universidades y los centros de investigación a los pequeños productores como ellos.
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    Uno de los problemas que tienen actualmente es el fuerte verano que está azotando a Carmen de Carupa, que les disparó el uso de agua de riego. Porque el laboratorio -entre la preparación de medios de cultivo, la esterilización de utensilios, las plantas que crecen- exige mucha agua.
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    Estas fotos del celular de Luis muestran la altura de las plantas de papa de la primera cosecha.
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    En plenos Montes de María hay un laboratorio similar al de Carmen de Carupa, pero para limpiar y reproducir semillas de yuca y de ñame.
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    Rosa Quiroz, una de las mujeres campesinas de Asomudepas que lideran el laboratorio biotecnológico de San Jacinto que también apoya la Corporación PBA, ha hecho hasta pasantías en el Centro Internacional de la Papa de la ONU en Lima. “Antes la tecnología era de las entidades”, dice ella.
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    Con un método muy similar al de la papa, en San Jacinto se trabaja con variedades más productivas y saludables de ñame y de yuca que las que habitualmente usaban los campesinos.
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    Es día de ventas en San Jacinto: los bultos llenos de semillas de yuca están esperando en la bodega que venga un grupo de productores a llevárselo.
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    Los campesinos operan todo el laboratorio, desde la producción in vitro de las semillas y su propagación, hasta el crecimiento en vivero y la venta de los minitubérculos.
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Santiago Perry Rubio
Comentarios - Cada usuario tiene la posibilidad de incluir solo tres comentarios
Dom, 2015-11-22 14:59

Estos ejemplos, deberáin resaltarse en toda la prensa !!! Unas campesinas, nos dan lección a toda Colombia !!!! Felicitaciones !!!!!!!!!

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