LA SILLA VACIA

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La cabina de las emisoras ABC de Barranquilla, cuya silla dejó vacía Carlos Lajud (la mesa sigue siendo la misma, 23 años después). Foto: Laura Ardila Arrieta.

Con esta historia continuamos nuestro especial ‘Desenterrar al periodista’, un proyecto hecho con el apoyo de Oxfam y la Unión Europea, que busca rescatar la memoria de ocho periodistas anónimos asesinados en región a causa del oficio.

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Cuando lo mataron tenía la grabadora de periodista en la mano. Era lunes, y el viernes anterior Carlos Lajud Catalán había prometido a sus oyentes que ese día revelaría una denuncia que salpicaba a varios políticos de Barranquilla. “El papelito habla”, fue la frase que acuñó en su programa para advertir que siempre contaba con documentos para probar lo que decía. El 19 de abril de 1993 a las 7 y 15 de la mañana, después de dispararle por la espalda, los sicarios se llevaron los papeles del fólder que cargaba cuando estaba a dos cuadras de la emisora.

Carlos Lajud nunca fue un periodista incómodo, sino hasta sus últimos tres años de vida. Por pasión, desde los 22 ejerció el periodismo deportivo, enamorado especialmente del béisbol, el boxeo y el fútbol, parado en una orilla en la que siempre lució inofensivo para la clase política.

Esa orilla fueron los diarios del Caribe, El Espectador, El Heraldo, el desaparecido Nacional que salía por las tardes y las emisoras Atlántico y ABC. En una estancia de cuatro años en Venezuela, a donde se mudó a principios de los 80 porque allí vivía su suegro, también pasó por la sección deportiva del periódico Correo del Caroní de Ciudad Guayana.

Formado en La Arenosa, su cuna se meció en El Carmen de Bolívar, corazón de los Montes de María, que lo vio nacer en una familia de origen libanés (su apellido original es Lahoud) que sembraba tabaco y tenía fábrica de hielo y modistería.

Unas tías solteronas se lo llevaron a él y a varios primos a Barranquilla para que pudieran estudiar y buscar mejores vientos en una capital. En esas estaba, cursando cuarto año de Derecho en la Universidad Libre, cuando la Autónoma del Caribe fundó su programa de Comunicación Social (en el 71) y Lajud decidió que quería ser periodista.

Desistir del título de abogado, estando a tan pocos pasos de él, le costó que su papá le dejara de pagar los estudios, lo que en últimas fue bueno porque lo obligó a buscar trabajo en los medios muy temprano.

Por lo que cuentan algunos de sus amigos y parientes sobre lo que decía, Carlos Lajud era un romántico del periodismo. Cualquier día en su carrera hacia el Derecho se dio cuenta de que le gustaba opinar en público y redactar discursos: se dio cuenta de que le gustaba comunicar. Y cuando entró a estudiar el oficio, empezó a entender además la responsabilidad de hacerlo. “Pasaba hablando de cómo los profesores le enseñaban sobre la ética del periodista y, entonces, comenzaba a criticar que hubiese periodistas capaces de venderse. Es que el periodista es la conciencia del pueblo, me decía”, cuenta su viuda Betty Martínez, la novia con la que duró ocho años antes de casarse y de la que se enamoró por aquella época.

Carlos Lajud, a quien sus allegados y colegas llamaban en ocasiones 'el Ovejo'. 
Betty Martínez, la viuda de Lajud, con su hijo: el periodista deportivo Carlos Lajud.

Betty es la mamá de Natalia y Carlos Alfonso, dos de los cinco hijos de dejó Dajud. Carlos Alfonso, hoy periodista y presentador en la sección de deportes de Noticias RCN, a los siete años era “el secretario” de su papá, como el mismo joven cuenta. Lo acompañaba a sus programas. Iba con él a los estadios. Lo asistía en las transmisiones. Lo escoltaba todas las tardes, cuando, terminadas sus labores periodísticas, el hombre salía a vender publicidad para poder mantener su espacio.

Sobre esto último, Carlos jr, quien firma sus notas con los dos apellidos de su padre para homenajearlo, cuenta que cuando el periodista empezó a cubrir temas políticos decidió no tener publicidad, por ejemplo, de las tiendas Olímpica (propiedad del grupo Char) “para poder darles palo” con independencia.

Esto fue durante sus últimos tres años de vida, cuando comenzaron a llegarle denuncias políticas a su programa Actualidad Deportiva en las emisoras ABC. Y él empezó a investigarlas y comentarlas al aire, con un estilo que molestó a más de un político, incluyendo al entonces alcalde Bernardo ‘el Cura’ Hoyos.

¿Que cómo ocurrió? Lajud iba casi todas las tardes y noches a tomar jugo al desaparecido restaurante Mediterráneo, en la calle 74 con carrera 47, que entonces era uno de los más famosos tertuliaderos de periodistas de Barranquilla. Tanto, que al sitio le decían “el Senado”. Ahí se sentaba también, por ejemplo, Juan Gossaín.

Nadie sabe a ciencia cierta por qué -dicen que fue debido a que su esposa trabajaba en la Alcaldía o a que tenía buena amistad de años con el en esa época concejal Miguel Amín (hoy senador de La U)-, pero el periodista contaba con buenas fuentes en el sector público. Por la vía de esas fuentes, comenzó a enterarse de hechos que llegaban a contarle en el Mediterráneo. Hechos que luego eran difundidos en un pequeño espacio de cinco minutos que Lajud abrió en su noticiero deportivo.

Minutos de Civismo, bautizó la sección.

Actualidad Deportiva había nacido a fines de los 80 como un eco del programa Actualidad Noticiosa del periodista que luego fue gobernador y embajador Ventura Díaz, dueño de las emisoras ABC. Díaz iba todos los días de 6 a 8 de la mañana. Y Lajud lo seguía de 8 a 9.

En Minutos de Civismo, Carlos Lajud cuestionó como pocos la debacle de los servicios públicos que en esa década colapsaron, cuando a las Empresas Públicas Municipales de Barranquilla las desbordó la politiquería y el clientelismo mientras intentaban prestar el servicio de acueducto, alcantarillado y aseo. Gente de la cuerda de los clanes Name y Gerlein llevaban controlándolas muchos años.

Era el tiempo en el que a los barranquilleros les salía barro de la llave del agua y Lajud llegó a ser mal visto hasta por los colegas que se sentían aludidos cuando, al aire, el carmero criticaba que bastaba con que el Junior ganara para que muchos periodistas dejaran de denunciar todos esos problemas.

El hombre se enfrascó también en una pelea con la Sociedad del Carnaval por el famoso Festival de Orquestas: denunció que supuestamente se había perdido la plata de la taquilla del evento, pero que nadie decía nada porque los culpables seguramente eran del Country Club, o sea, de la gente de plata de Barranquilla.   

Entre informe e informe, repetía que no tenía compromisos con nadie y se declaraba liberal.

En la que es vista por varios de sus allegados como su crítica más temeraria, Lajud se refirió también en varias ocasiones a la relación que -muchos comentaban-existía entonces entre parte de la clase política y el narcotráfico.

La historia que siguió no lo contradijo. La segunda Administración del Cura (hoy con condena por peculado por apropiación y celebración de contrato sin el lleno de requisitos) estuvo plagada de todo tipo de sospechas y ruidos sobre una presunta presencia de narcotraficantes.

El periodista deportivo llegó a acusar con nombre propio a un asesor del Alcalde Hoyos de haberse supuestamente enriquecido con el narcotráfico.

“Lajud se atrevía a decir en el micrófono lo que muchos comentaban en voz baja, en privado”, dice un colega barranquillero.

Pero acaso lo que más ampolla levantaba no era tanto el contenido de su información, como el tono y las palabras que usaba para darla. Lajud no era políticamente correcto y en ocasiones apelaba a ofensas. Por ejemplo, decía que al Cura lo acompañaba “una perramenta” de seguidores. Y les puso apodos a dirigentes como Fuad Char (“Senador Tirita”, porque su padre comerciaba con telas) y al mismo mandatario (a quien se refería como “el hombre del meneíto pa atrás”).

Hay personajes locales que creen, en un punto que complejiza esta historia, que de hecho a veces no era muy riguroso a pesar de su lema de “el papelito habla”.

“Carlos decía verdades mezcladas con diatribas y exageraciones”, nos dijo informalmente un analista de la ciudad.

En lo que a nadie le cabe una duda, eso sí, es sobre la valentía de Lajud Catalán. “Tenía arrojo para expresar lo que nadie se atrevía a expresar. También era cáustico”, comenta su amigo y último jefe, Ventura Díaz.

Díaz dice que a Lajud lo mataron en su mejor momento, cuando su programa alcanzaba “una sintonía arrolladora” e iba camino a convertirse en una de las voces más conocidas de la ciudad.

Con el tiempo, sus Minutos de Civismo se convirtieron en casi toda la hora del programa radial, en el que el deporte pasó a un segundo plano y fue reemplazado por la denuncia y la polémica.

La controversia se hizo aún mayor cuando el Alcalde aparentemente decidió contestarle. La Silla no encontró registro de cuántas veces lo hizo, pero hubo una ocasión que quedó para siempre registrada en la memoria de los que quisieron a Carlos Lajud.

Fue en su tradicional sitio llamado El Rincón Latino. Desde ahí, el entonces mandatario dio un discurso en el que le pidió a los barranquilleros no dejarse engañar por irresponsables “que no son profesionales sino perros vagos para vivir de la comunidad… son aquellos que utilizan el micrófono para… cumplirles órdenes a sus amos… a aquellos que les quitan el hambre”. Era el día antes del asesinato del periodista.

Lajud fue periodista de prensa y de radio.
El crimen de Lajud quedó en la impunidad.

Lajud estaba amenazado. Todo el mundo lo sabía. Él mismo lo decía y lo repetía al aire. En su estilo temerario, retaba a esos enemigos que lo querían intimidar contándoles por el micrófono que todos los días hacía el mismo recorrido a pie, por si lo querían encontrar. Y detallaba la ruta: desde su casa en la 79B con 42F, pasando por la 43, tomando un atajo hacia la 75 con 45, luego sobre la 46 hasta la 74 esquina. Ahí paraba a tomarse un jugo en una frutera. Después, subía a la 48 a donde sus primos apellido Felfle, que lo esperaban siempre con un guineo maduro con queso. Y de ahí a la emisora, en la 48 con 72.

Fue justamente ahí, a unas dos cuadras de su sitio de trabajo, en donde lo encontraron los asesinos. Le dispararon por detrás, sin mirarlo a los ojos. Carlos Lajud Catalán tenía 44 años.

Inexplicablemente ese día su hijo de siete años que, siempre, religiosamente, lo acompañaba en ese camino hasta el programa, no se levantó a tiempo. Su papá prefirió no despertarlo y salir sin él. “Después de casi 23 años, aún no me explico por qué no lo despertó. Todavía me parece estarlos viendo a los dos, como todos los días, agarrados de la mano salir para la emisora, como si el mundo fuera de ellos”, dice Betty, la viuda, que después de su tragedia tuvo que seguir trabajando en la Alcaldía, como subalterna del Cura Hoyos, para poder mantener a sus dos hijos.

Tras darle un suave golpe a su escritorio, Ventura Díaz, el dueño de la emisora, quien se enteró de la noticia del asesinato al aire, sentencia hoy: “Yo no se quién lo hizo, pero se que a Carlos Lajud lo mataron el 19 de abril de 1993, a las 7:15 de la mañana, cuando venía para las emisoras ABC, por lo que decía”.

Con su muerte murió también la verdad de las denuncias que les había prometido para ese día a sus oyentes. Como trabajaba solo en su programa, es decir, no tenía periodistas, nadie sabe con absoluta certeza de qué se trataba. Ni siquiera su esposa, pues él no llevaba trabajo a la casa. Se habla de un contrato. Pero los papelitos que hablaban se los llevaron los sicarios.

El efecto de haberlo callado es que desde entonces, y tal vez como siempre, los periodistas locales tienen un gran motivo para no poder decir todo lo que saben. “Los periodistas en Barranquilla, y me atrevería a decir que en prácticamente todas las regiones, no decimos las cosas, o porque el dueño del medio no deja o porque nos matan”, resume un colega que prefirió no ser citado en esta historia.

Cuenta la esposa de Lajud que un día, cuando ya habían empezado las amenazas, ella muy preocupada le pidió que bajara al tono de su periodismo: “Mi amor, piensa en tus hijos, a ti te matan y la vida continúa, este país no lo cambia nadie”. Y recuerda que él le respondió: “Si me han de matar, me han de matar, pero yo soy periodista”.

Al final, los asesinos lo mataron a él y se encargaron de matar al tiempo cualquier posibilidad de justicia. Y de una forma cruel. A los 15 ó 20 días de la muerte, el hijito de sus amores, su “secretario” de siete años, recibió una llamada en su casa en la que le pedían decirle a su mamá que si no quería dejar huérfanos del todo a sus hijos dejara “eso así” y no se pusiera a pedir investigaciones. Por supuesto, Betty Martínez lo cumplió.

Marcha en Barranquilla, poco después del asesinato de Carlos Lajud Catalán.

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No hay ninguna persona procesada ni castigada hoy por el crimen de Carlos Lajud Catalán. El caso prescribió en 2013 y la impunidad fue la vencedora.

En 1997, la Sociedad Interamericana de Prensa, SIP, presentó una denuncia ante la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos responsabilizando al Estado colombiano. La SIP argumentó en ese momento que el Estado violentó el derecho a la vida, a las garantías judiciales, la protección judicial y la libertad de expresión.

Según la SIP, “existe fuerte sospecha de encubrimiento por parte de funcionarios públicos y si bien ello no puede ser comprobado, los actos de omisión por parte de agentes del Estado sí son verificables”.

Durante todo este tiempo, tres hombres fueron detenidos y condenados a 40 años por homicidio con fines terroristas en condición de coautores. En un principio, los investigadores omitieron el testimonio de un pariente de uno de los condenados, cuya esposa testificó más tarde que su marido había sido contratado por un presunto escolta del entonces alcalde Cura Hoyos. Ese pariente: Enrique Rafael Somoza, alias Garnacha, fue asesinado al igual que un testigo secreto.

Sin embargo, en 2003 el Tribunal Superior de Barranquilla confirmó la sentencia absolutoria de un juzgado que exculpó a los tres supuestos culpables.

El Cura Hoyos fue investigado y luego exonerado por estos hechos.

Para la SIP, la investigación de este caso fue “superficial y demasiado rápida”.

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Lun, 2015-11-30 19:52

Triste final. Estas historias nos averguenzan pues nos muestran como un país de atrabiliarios, hampones y sicarios, en el que el derecho a opinar y a disentir no es de buen recibo. Lo viví en carne propia con el asesinato de mi amigo, el periodista Guillermo Bravo en el Huila, en el 2003. Espero que hagan un relato de lo que pasó con él. Estas historias deben ser contadas para que los autores sepan que el recuerdo de estos mártires sigue vivo, en tanto que ellos quedarán en el olvido, retorciéndose en su maldad.

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