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Sábado Octubre 23, 2021

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Clara López estuvo solo un mes como alcaldesa encargada pero eso fue suficiente para que la ciudad sintiera que alguien finalmente estaba a cargo.

Foto: Juan Pablo Pino

Cuentan que en octubre de 2007, cuando Samuel Moreno ganó la Alcaldía de Bogotá, una noche, cualquier noche, María Eugenia Rojas ‘la Capitana’, madre del alcalde electo y amiga cercana de Clara López, ofreció una recepción en su casa para celebrar el triunfo. A la hora del brindis alguien alzó la copa diciendo “levantemos las copas por el próximo Presidente de Colombia”. Muchos ahí creían que así sería. Por el puesto terminó yendo Clara.

López recorre actualmente el país en compañía del senador Jorge Enrique Robledo y bajo la sombra protectora de respetados líderes de izquierda como el exmagistrado y excandidato Carlos Gaviria, intentando sacudir a la izquierda aunque sin concretar  alianzas con otros de sus sectores como la Marcha Patriótica y la UP. Lleva en su mano la bandera de la paz, pero a la vez la de la crítica al gobierno Santos y a la falta de garantías para que las minorías hagan política.

Como si fuera aún la “sobrinita pálida” de Alfonso López -como le decía Lucas Caballero Calderón, Klim- que se recorrió el territorio nacional en el 73 en compañía del entonces precandidato presidencial, sigue proponiendo transformar a Colombia dándole un viraje a su modelo económico de manera que se beneficien las clases medias y bajas: dice que quiere renegociar los tratados de libre comercio, estructurar una política soberana de apoyo a la industria nacional, devolverle la dignidad a los campesinos.

Si no es Presidenta, y posiblemente no lo será por lo que señalan las encuestas, será una de las cabezas de la oposición del próximo Gobierno en Colombia. Pero esa opción ella no la contempla. Al menos no en conversación con una periodista: “Yo voy a ser Presidenta. Y voy a hacer historia”.

Ya la hizo en la izquierda colombiana. Con todo y el teflón que ha demostrado tener luego de la caída de Moreno, el Alcalde que alcanzó a brindar por su Presidencia.

El teflón

Clara Eugenia López Obregón, bogotana de 64 años, ha sido una disidente en todo en su vida, menos en el apoyo de su partido a Samuel Moreno.

Con abrigo verde, las canas recogidas en un moño y unas gafas de aumento en la punta de la nariz: elegante, bien puesta, y muy seria. Con una seriedad y dureza mayores a las que usualmente proyecta ella, que físicamente recuerda a una rectora de colegio aunque tenga un dejo de dulzura en la voz. Implacable. Clara López leyó el comunicado ante los medios:

- Gustavo Petro creó una comisión de bolsillo para supuestamente investigar a la Administración de Bogotá… Existen pruebas del propósito de las fuerzas más reaccionarias de destruir el proyecto de unidad de la izquierda democrática”.

Fue el abrazo protector de ella (y del partido que preside: el Polo Democrático) al entonces alcalde de Bogotá y copartidario, Samuel Moreno, quien acababa de ser llamado por la Fiscalía para responder en un incipiente proceso por irregularidades en contratos.

Clara López Obregón le apostará a meterse en la división que se abra entre uribistas y santistas.

El caso terminó convertido en el más grande escándalo de corrupción en la capital del país, Moreno terminó preso y con su reputación por el piso, Petro (uno de los denunciantes) terminó de Alcalde, pero López no terminó afectada en lo más mínimo por haber dado ese abrazo. Y eso que lo mantuvo hasta casi el final. Era octubre de 2010.

Lejos de derrumbarse, creció como figura pública al punto en que comenzó a ser reconocida como “presidenciable”.

Luego se graduó como la figura femenina más importante de la izquierda en el país y cuatro años después sigue ostentando el título. Una rebelde con teflón que decidió muy temprano en su vida que esa sería su orilla, aunque ella en realidad nació en una cuna de oro del Establecimiento.

Acaso esa relación explique en parte por qué salió incólume de la debacle de Moreno, su jefe y amigo: en aquella época los medios la ayudaron; también el presidente Juan Manuel Santos (con quien tiene muy buena relación) que la nombró alcaldesa por seis meses para terminar el periodo del Gobierno de Bogotá.

También se ayudó ella. En su condición de mandataria encargada, marcando distancia con Moreno, enviando el mensaje de que la suya no era una continuación del caos sino una Alcaldía nueva, convocando a todos sus funcionarios a hacer un pacto público por la transparencia.

Así, del Palacio Liévano, sede de la Alcaldía, salió con una aprobación ciudadana del 78 por ciento, la más alta aprobación registrada por Gallup desde 1994, cuando fue creada.

Las disidencias de Clara

De familia de presidentes y educada en Harvard, Clara López parecía destinada a un matrimonio “de bien”, a grandes clubes y a la vida sin mayores sobresaltos en una zona de confort. Pero siempre tomó direcciones distintas a las que eran evidentes para alguien como ella.

Nació, junto a dos hermanos mayores (Eduardo y Mauricio), en el hogar de clase alta de Cecilia Obregón y Álvaro López Holguín, reconocido maestro masón que le cambió las órdenes y regaños por el debate permanente y la vocación política.

El padre era primo del ex presidente Alfonso López Michelsen, hijo del también ex presidente Alfonso López Pumarejo; y la madre era prima del prestigioso pintor Alejandro Obregón. La casa era un centro de discusión intelectual permanente ubicada en el exclusivo mundo de la élite social y política de Bogotá.

Todo ahí era objeto de debate y de decisión conjunta. Desde si Clara, la niña menor, la única niña de la casa, debía irse a estudiar a Estados Unidos el bachillerato como sus hermanos mayores, hasta quién podía usar el carro ese día.

De entonces le viene ese talante conciliador y respetuoso que la ciudad le conoció cuando, siendo Secretaria de Gobierno, se opuso al uso de la fuerza para sacar a cerca de dos mil desplazados que llevaban cuatro meses viviendo en el Parque Tercer Milenio, y prefirió siempre la negociación que al final resultó exitosa.

El mismo carácter que expuso ante los transportadores de Bogotá que, en 2010, paralizaron la ciudad durante cuatro días para negociar sus condiciones frente a la entrada de un nuevo sistema de transporte. Aunque con ánimo de apaciguar y levantar rápido la protesta que afectaba a toda la ciudad, sostuvo y defendió una posición firme que le impidió concederles a los manifestantes beneficios más allá de los límites máximos de la sostenibilidad y tarifa de ese nuevo sistema.

La discusión familiar sobre si era conveniente o no que se fuera a estudiar a Estados Unidos, como sus hermanos mayores, terminó con el padre diciéndole que si lo veía conveniente mandara ella misma el telegrama que confirmaba su cupo en el internado en Washington. Y así lo hizo. Clara López tenía 14 años.

En Estados Unidos se formó en soledad, en el colegio, y en acompañada militancia, en la universidad, entre las lecturas obligadas de Tolstoi y Joseph Conrad entre muchos autores.

Vestía con jeans, usaba zapatos planos y peinetas en el cabello largo. Y quería tener su pequeño mayo del 68. Se vinculó al movimiento estudiantil que exigía la libertad de Nelson Mandela, el retiro de las inversiones de Harvard en la Sudáfrica del Apartheid y la eliminación del programa universitario de entrenamiento de militares para la guerra de Vietnam.

Poco a poco, se volvió una comunista. Como casi todo el mundo a los 20 años. Sólo que ella siguió defendiendo lo mismo hasta hoy.

Venía a Colombia unas tres veces al año y acá en vacaciones acompañaba a su madre, doña Cecilia, una señora de sociedad que en silencio dedicó su vida al servicio social y a la defensa de los árboles en Bogotá, a hacer labores de alfabetización en los extramuros. Ahí en los extramuros, y también en los viajes que por la época hizo por buena parte de América Latina junto a su hermano Eduardo, la fue invadiendo un sentimiento de incomodidad con los de su clase que aún permanece intacto.

Volvió del todo con el grado debajo del brazo: joven, plena, feliz. Con todo por delante. Pero a los 15 días murió su padre por complicaciones en una cirugía menor y hubo entonces que reconstruir el mundo.

López estudió en Harvard y fue una activista contra la guerra en Vietnam.

?Se sumó activamente a la campaña presidencial del tío y padrino de bautizo, Alfonso López Michelsen, y en esas recorrió el país completo en dos ocasiones. “El Doctor López”, como ella le llamaba, la educó en ideas liberales, le enseñó a escribir, porque a ella le tocaba pasar en limpio todos sus discursos y él les hacía correcciones una vez en papel. La hizo detestar los gerundios.

También la hizo conocer las regiones, porque a la joven asistente le tocaba, además, hacerle memorandos al candidato con los temas más importantes de cada provincia a la que iban. “Era una época de mucha esperanza. El doctor López quería completar la revolución en marcha de López Pumarejo”, cuenta ella.

Ese país que conoció, sigue contando, no ha avanzado sino que ha retrocedido con respecto al país que recorre ahora como candidata presidencial del Polo. La gente sigue más sometida a las desigualdades sociales, dice convencida de querer cambiar esa realidad.  

En el Gobierno de López arrancó su vida pública: trabajó como secretaria económica del tío-presidente. Era la “sobrinita pálida”. Pero apenas se acabó el Gobierno se pasó al Nuevo Liberalismo, la disidencia que creó el asesinado líder Luis Carlos Galán en donde no querían a López Michelsen y en donde la acogieron incluso como candidata a la Alcaldía de Bogotá. En 1981 fue contralora y en 1984 fue concejal de la capital.

Después, con una minoría del Nuevo Liberalismo, le hizo disidencia a la disidencia cuando en 1986 Galán dejó en libertad a su movimiento para votar en las presidenciales y la mayoría se fue a apoyar a Virgilio Barco Vargas: ella se marchó a la Unión Patriótica (partido creado como fruto de los diálogos frustrados con las Farc durante el Gobierno de Belisario Betancur) que se la jugaba con el también asesinado Jaime Pardo Leal.

En el 88 fue candidata a la Alcaldía en la primera elección democrática de la ciudad, que ganó el hoy ex presidente Andrés Pastrana. La apoyó una coalición entre la UP y el Nuevo Liberalismo. Y cuando perdió dice que aprendió verdaderamente lo que es ser de izquierda en Colombia: “Nadie me daba trabajo después. Sentí una discriminación inmensa. Y esa falta de oficio me llevó a inscribirme en la universidad para estudiar Derecho”.

En la UP volvió a declararse en disidencia, pero no política sino personal: se casó con Carlos Romero, su esposo de toda la vida, con quien se vio obligada a exiliarse en Venezuela debido a amenazas que se concretaron para tres mil copartidarios de la Unión Patriótica, asesinados por la época.

Hace poco, una amiga americana le preguntaba, por preguntar, cuántas personas que ella conociera habían muerto asesinadas. La amiga decía que ella apenas una. Clara rió para no llorar. En la peor época del exterminio a la UP, a la salida del funeral de Teófilo Forero, se sorprendió diciéndole a su amiga, la directora de teatro Patricia Ariza: “¡Nos vemos en el próximo funeral!”.

Oriundo de Santa Marta, de origen muy humilde, negro de piel, comunista declarado y con cuatro hijos de un matrimonio anterior, Romero era objeto de comentarios y risitas disimuladas entre la clase alta bogotana en la que creció Clara, que vio en él la antítesis del marido que se suponía para ella.

Clara López estuvo solo un mes como alcaldesa encargada pero eso fue suficiente para que la ciudad sintiera que alguien finalmente estaba a cargo.

Cuenta ella que un día de regreso del exilio en Venezuela su primo Juan Manuel López le hizo la pregunta que seguro venía asaltando a más de uno de su clase: “¿Oye, tú eres comunista?”. Finalizaban los 90.

Clara le respondió con una hermosa carta que ha sido publicada en varios medios bajo el título ‘Me preguntan si soy comunista…’.

“Querido Juan Manuel: Hace unas semanas, cuando me encontraba en Bogotá de visita, conversando como 'oveja negra de la familia', me preguntaste si yo era comunista. ¿Qué significa ser comunista en nuestro medio? Por 'nuestro medio' me refiero al sector social en que nacimos y crecimos. La Cabrera real y la fabulada de los elegidos de entonces y de ahora. Ese mundo feliz de casas grandes, cabalgatas en las haciendas, buenos modales, conversación, educación esmerada, en lo posible en el exterior, preferiblemente en los Estados Unidos y definitivamente en inglés. Esa consciente esfera de poder económico y político predestinada a gobernar "una nación -al decir de Bushnell- a pesar de sí misma".

“Aún hoy, un cuarto de siglo después, sigo convencida de que esa revolución pendiente de redención de los pobres y de inclusión social no solamente puede, sino que debe hacerse con la ley en la mano desde el gobierno. Es esa la razón de mi militancia política. Es, tal vez, la razón por la que se me considera comunista. Como ves, no me hice de izquierda por mi unión con Carlos Romero. Simplemente reconocí en él los valores que siempre me han inspirado y por eso pude unir mi vida a la suya”.

Arrancaba y finalizaba el mensaje.

Junto a ese esposo, con el que nunca tuvo hijos propios, en los 90 Clara siguió desarrollando su carrera pública pero con un perfil más bajo. Fue asesora de la presidencia de la Asamblea Constituyente. Fue asesora del Ministerio de Desarrollo en temas legislativos entre 1995 y 1999. Coordinó el comité técnico de la Comisión Nacional de Regalías. Fue asesora del Ministerio de Trabajo y de la Superbancaria. Se dedicó a la academia y terminó la carrera de abogada en la Universidad de los Andes.

Y en 2003 fue nominada por la Corte Suprema y elegida por unanimidad en el Consejo de Estado para ser Auditora General, cargo que la hizo regresar del todo de Venezuela y en el que estuvo hasta 2005, cuando renunció para aspirar al Congreso por el Polo.

Al regreso del exilio, le había hecho prometer al marido que no volverían a hacer política. La razón principal se llama exterminio de la UP, pero en el fondo ambos sabían que la promesa –asumida por ambos- no duraría mucho. Y así fue. El regreso fue en marzo y en el mismo mes los amigos de Romero, entre ellos Gustavo Petro, le propusieron ser parte de la lista del Polo al Concejo. La elección era en octubre.

Clara lo dejó aceptar convencida de que no pasaría nada con la aspiración: “Métase que eso qué lo van a elegir. ¿A qué horas va a hacer campaña?”. Romero salió elegido. Y en dos ocasiones. Por el partido al que Clara entró oficialmente en 2005, cuando renunció públicamente al liberalismo, al ala cercana al ex presidente Ernesto Samper.

Al año siguiente se lanzó como segundo renglón de Germán Navas Talero (hoy representante del Polo), pero se quemó por pocos votos.

En 2007, Clara López alcanzó a organizar una precandidatura a la Alcaldía de Bogotá, pero la desmontó cuando aceptó asesorar a Samuel Moreno quien se quedó con la candidatura oficial y luego con la Alcaldía, enseguida de lo cual la nombró su Secretaria de Gobierno.

La presidenciable

El primer intento de López de llegar a la Casa de Nariño fue en 2010, cuando aceptó ser la fórmula vicepresidencial de Gustavo Petro, el líder de un Polo que ya estaba dividido entre petristas y el Moir (Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario) y la Anapo. Clara López había llegado a la presidencia del partido cómodamente, debido a que la ruptura generó falta de consenso en el nombre de Petro para presidirlo.

Con urgencia en ambos bandos de tender puentes, su nombre (que rigurosamente no se ubicaba en ninguno de los dos bandos, pero era mucho más cercano al Moir del senador Jorge Enrique Robledo y a la Anapo de los Moreno) surgió como el lógico para intentar una fórmula de unidad.

Petro y Clara salieron juntos a hacer campaña, cuando ella renunció a ser Secretaria, justo un año antes del derrumbe de la Administración Moreno.

Días antes, Petro había sellado un pacto político importante con Iván Moreno, el controvertido senador y hermano del entonces Alcalde, junto con quien lideraba el sector de la Anapo en el Polo. En una reunión al norte de Bogotá, Petro recibió el apoyo de los Moreno para su candidatura presidencial: representantes de uno de los grupos más clientelistas del Polo y al cual Petro siempre había criticado. Ahí se fortaleció la vicepresidencia de Clara.

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Después de haber expulsado o aburrido a varias de las facciones del Polo, este partido reposa en gran parte sobre los hombros del senador Robledo y de Clara López, quienes han sido cercanos desde hace años.

Foto: Pastor Virviescas

También el grupo que fundó, junto a su esposo, llamado ‘El Polo que suma’, que aún hoy permanece y que tiene sumando no sólo los simpatizantes de Clara sino los aliados comunistas de Carlos Romero, fue determinante con su peso dentro del Polo para ser la segunda de esa fórmula.

Conciliadora y pragmática, como ha demostrado ser en su vida pública, además de organizar la casa y reconciliar a los grandes hombres del Polo, Clara López se puso la camiseta en campaña. Mientras Petro salía en los debates y visitaba los lugares donde no hay ni televisión ni Internet en Colombia, ella sacó 4 millones de periódicos del Polo, que distribuyeron de manera masiva en todas las regiones en lo que ella denominó ‘la ola amarilla y la ola multicolor’.

Sólo que fue una ola que no les alcanzó para ganar la Presidencia ni para mantener la unión en el Polo que estaba pegada con la fuerza de un interés coyuntural.

Petro renunció al Polo dando un portazo, prometiendo nunca volver, para crear el movimiento Progresistas con el que llegó a la Alcaldía. Denunció a los Moreno y fue entonces cuando la elegante exsecretaria de abrigo verde y canas recogidas en un moño leyó el comunicado abrazando a Samuel Moreno.

Hoy Clara López es candidata presidencial por el Polo Democrático Alternativo, es la carta más fuerte de la izquierda para llegar a la Casa de Nariño.

Foto: Juan Pablo Pino

El teflón le ha alcanzado incluso para que pocos recuerden que en marzo de 2009, el entonces zar anticorrupción Óscar Ortiz la acusó de clientelista: “Quedó en evidencia que la secretaria de Gobierno Clara López llenó de contratos a los amigos de su marido, el exconcejal del Polo Carlos Romero”, le dijo Ortiz al periódico El Tiempo. Ella se defendió diciendo que uno gobierna con los amigos y que nunca hizo contrataciones amañadas. Y nada pasó.

En diciembre de ese mismo año, la Procuraduría le formuló pliego de cargos en un proceso disciplinario por la contratación de personas que habían trabajado con su esposo en el Concejo. Nueve meses después la absolvió.

Nada ha pasado tampoco con el llamado a interrogatorio -recientemente, en 2013- que hizo la Fiscalía a Romero, el esposo de Clara, dentro del proceso penal en el que cayó Samuel Moreno y que los medios bautizaron como “el cartel de la contratación”. Un asunto que, según dijo Romero en carta pública a la Fiscalía, será usado “maliciosamente” por aquellos que quieren entorpecer la campaña presidencial de López.

Porque cayó tan parada que en noviembre de 2012 fue la ungida lógica del Polo Democrático para ser su carta en las presidenciales de 2014. Sin Petro y sus alfiles bajo el mismo techo, Clara se erigió como dueña y señora del Polo, que en su congreso nacional la proclamó candidata única a la Presidencia, por amplia mayoría.

La única candidata fuerte de la izquierda en la baraja. La que propone una Colombia menos desigual, traicionando a los de su clase. Con todo y teflón.

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Vie, 2014-02-14 12:48

Principalmente por ignorancia (Geografía-Especificidad-Teoría de conjuntos) y facilismo, pero también por añejas razones históricas, como se explica aquí.

Vie, 2014-02-14 11:20

Tu respuesta daría en el blanco si nosotros usáramos "americano" para hablar también de los paraguayos o de los salvadoreños, pero se usa (creo yo, equivocadamente) para hablar, como en este caso, de ciudadanos de los Estados Unidos. Tenés razón que tanto ellos como nosotros somos americanos y por lo mismo debería usarse (sea como adjetivo o como sustantivo) para referirse a los habitantes de América en general y no para identificar sólo a una parte de ella, por rica e importante que sea.

Vie, 2014-02-14 11:44

parce, el detalle es que el pais se llama Estado Unidos de America.....

Vie, 2014-02-14 12:18

Parce, pues los llamamos estadounidenses. Que hayan querido apropiarse del nombre de toda America no quiere decir que nosotros lo debamos aceptar. Es bueno que nosotros nos vayamos haciendo a la idea de que los Estados Unidos de America son sólo una parte de Norte América, que es sólo una parte de América. Vea, me parece hasta normal que en EE.UU, mirándose al ombligo, piensen que ellos son todo el continente (y que a su país le pongan el nombre del continente entero), pero si me parece extraño que nosotros, sabiendo que somos americanos, renunciemos al título (de americanos, se entiende).

Vie, 2014-02-14 14:07

Pues parcerito, como dicen "a lugar", son estado unidenses, el cuento es que esos se miran el ombligo hace más de 200 años con el nombre y todo, me imagino despues de todo ese tiempo pasó eso de decirles americanos. Por acá en una epoca era tambien estados unidos....

Vie, 2014-02-14 11:19

Gloria Cuartas y Gloria Ramirez son dos personas honestas y honorables, al igual que Lopez. AUn asi debo indicar que las Gloria no militan en el PDA.

Vie, 2014-02-14 04:29

Qué artículo tan bien escrito! Mil gracias.

Vie, 2014-02-14 00:04

Otro gran artículo de Laura. Un perfil sobretodo biográfico. No hubo lugar para algunos detallitos, como que el desmadre de las tarjetas del SITP es cortesía de doña Clarita. O que no tuvo el valor civil de hacer efectiva la inclusión de los recicladores en el esquema de aseo en Bogotá y, por el contrario, fue partícipe de un amague de licitación vergozoso (http://lasillavacia.com/historia/la-corte-manda-la-basura-la-licitacion-...).

La señora habla sin megáfono y además de conciliar, es un águila para negociar y "hacer como que no". De ahí el teflón.

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