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Lunes Octubre 21, 2019

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Cualquier adjetivo resulta insuficiente para describir al más grande e importante de los colombianos de todos los tiempos. Ni ahora, ni en el pasado y ni al menos en el próximo futuro, la muerte de algún compatriota podría generar la enorme reacción universal de admiración y gratitud que generó la de Gabriel García Marquez.

Su obra cumbre, Cien Años de Soledad, fue escogida por los españoles como la más importante jamás escrita en lengua castellana, al lado de El Quijote. Esa es la dimensión histórica del Gabo. No pocos han dicho que su aporte al mundo es comparable con el de Cervantes y el de Shakespeare.

Decenas de jefes de Estado manifestaron sus condolencias y todos los diarios del mundo occidental registraron el suceso en su primera plana. No es un sentimiento colombiano, o mexicano, o latinoamericano, es universal. Dier Spiegel, la revista alemana más importante, lo ha tenido como su primera noticia en las últimas 48 horas y preparó un gran especial multimedia. Diarios italianos, franceses, españoles, portugueses, así como el New York Times y el Washington Post. Todos anuncian que murió quien era considerado el más grande escritor contemporáneo.

En Colombia también, por supuesto. Se realizaron ediciones extraordinarias de todos los medios. Los políticos se han sentido en la obligación de decir algo. Cualquier cosa. De recordar algún encuentro con Gabo. De desempolvar la foto de ocasión. De disputarse el título de “mejor amigo”. El presidente Santos ha insistido en los boletines oficiales que era su “gran amigo” y pocas horas antes de su muerte, invocando esa cercanía, había desmentido las versiones de prensa que daban cuenta de la gravedad de la enfermedad.

A pesar de todo, a pesar de que García Márquez vio suficientemente recompensado su propósito de escribir para que lo quisiéramos más, a pesar de eso, se debió llevar una desilusión: la de que esos políticos que lo evocan no atendieron la que fue prácticamente su única petición, darle prioridad a la educación.

Gabo, que participó en la denominada “Comisión de Sabios”, que se conformó hace 20 años para hacer recomendaciones al gobierno sobre cómo mejorar la educación, debía sorprenderse al releer el texto que leyó en la entrega del informe, porque por la indiferencia de los gobiernos parecía un texto intemporal que podría haberse escrito en el 94 o en el 2014. La situación era inmodificable.

Claro, así ocurre con varios texto periodísticos de Gabo como las famosas crónicas que escribió para El Espectador en 1954 sobre el abandono del Chocó, las cuales parecen un relato de la situación del Pacífico en la segunda década del siglo XXI.

En La Proclama, como Gabo denominó su escrito para la “Comisión de Sabios”, el Nobel reclamaba que:

“Somos conscientes de nuestros males, pero nos hemos desgastado luchando contra los síntomas mientras las causas se eternizan. Nos han escrito y oficializado una versión complaciente de la historia, hecha más para esconder que para clarificar, en la cual se perpetúan vicios originales, se ganan batallas que nunca se dieron y se sacralizan glorias que nunca merecimos. Pues nos complacemos en el ensueño de que la historia no se parezca a la Colombia en que vivimos, sino que Colombia termine por parecerse a su historia escrita”.

 “Nuestra educación conformista y represiva parece concebida para que los niños se adapten por la fuerza a un país que no fue pensado para ellos, en lugar de poner el país al alcance de ellos para que lo transformen y engrandezcan. Semejante despropósito restringe la creatividad y la intuición congénitas, y contraría la imaginación, la clarividencia precoz y la  sabiduría del corazón, hasta que los niños olviden lo que sin duda saben de nacimiento: que la realidad no termina donde dicen los textos, que su concepción del mundo es más acorde con la naturaleza que la de los adultos, y que la vida sería más larga y feliz si cada quien pudiera trabajar en lo que le gusta, y sólo en eso.

Esta encrucijada de destinos ha forjado una patria densa e indescifrable donde lo inverosímil es la única medida de la realidad. Nuestra insignia es la desmesura. En todo: en lo bueno y en lo malo, en el amor y en el odio, en el júbilo de un triunfo y en la amargura de una derrota. Destruimos a los ídolos con la misma pasión con que los creamos.

Somos intuitivos, autodidactas espontáneos y rápidos, y trabajadores encarnizados, pero nos enloquece la sola idea del dinero fácil. Tenemos en el mismo corazón la misma cantidad de rencor político y de olvido histórico. Un éxito resonante o una derrota deportiva pueden costarnos tantos muertos como un desastre aéreo.

Por la misma causa somos una sociedad sentimental en la que prima el gesto sobre, la reflexión, el ímpetu sobre la razón, el calor humano sobre la desconfianza. Tenemos un amor casi irracional por la vida, pero nos matamos unos a otros por las ansias de vivir. Al autor de los crímenes más terribles lo pierde una debilidad sentimental. De otro modo: al colombiano sin corazón lo pierde el corazón”.

 A Gabo le podremos hacer todos los homenajes. Pero sin duda, uno que él quisiera es que alguien con poder de decisión leyera ese informe y aplicara algunas de las recomendaciones con la certeza de que eso ayudaría a que dejáramos de ser, como él mismo lo dijo hace 20 años, "dos países a la vez: uno en el papel y otro en la realidad”.

Como sociedad le debemos a Gabo ese homenaje: el del compromiso para promover una profunda transformación social en la que “la educación será su órgano maestro”.

“Una educación desde la cuna hasta la tumba, inconforme y reflexiva, que nos inspire un nuevo modo de pensar y nos incite a descubrir quiénes somos en una sociedad que se quiera más a sí misma. Que aproveche al máximo nuestra creatividad inagotable y conciba una ética y tal vez - una estética-- para nuestro afán desaforado y legítimo de superación personal. Que integre las ciencias y las artes a la canasta familiar, de acuerdo con los designios de un gran poeta de nuestro tiempo que pidió no seguir amándolas por separado como a dos hermanas enemigas. Que canalice hacia la vida la inmensa energía creadora que durante siglos hemos despilfarrado en la depredación y la violencia, y nos abra al fin la segunda oportunidad sobre la tierra que no tuvo la estirpe desgraciada del coronel Aureliano Buendía. Por el país próspero y justo que soñamos: al alcance de los niños”.

Ese es el homenaje que nuestros políticos deberían comprometerse a hacerle al gran Gabriel García Márquez.

Comentarios - Cada usuario tiene la posibilidad de incluir solo tres comentarios
Sáb, 2014-04-26 19:19

¿En qué momento nuestros presidentes dejaron de ser personas estudiosas, poetas, intelectuales...y pasamos a elegir a los mejores demagogos y simpáticos personajes? Me parece que esa transición muestra la importancia que nuestra sociedad colombiana brinda a diversos factores, pasamos de valorar el conocimiento, la creatividad y el estudio por "mano dura" y mayor cantidad de bajas guerrilleras como medida de seguridad en los campos. Pienso que Gabriel García Márquez, así como muchos escritores del boom latinoamericano, tuvo la oportunidad de además de relatar historias y darse al mundo a través de la literatura, tener una influencia política importante y ser un personaje con una postura explícita que aprovechara su "fama" para recordarnos que además de crear historias fantásticas, la capacidad de tejer una nueva historia en nuestro país está en nuestras manos.

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