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Domingo Abril 05, 2020
El ex ministro Rafael Pardo, que viene de perder la Alcaldía de Bogotá, ahorá será el ministro consejero del posconflicto.

Anoche el presidente Juan Manuel Santos anunció que Rafael Pardo será el nuevo ministro para el posconflicto, un cargo crucial para el proceso de paz que está vacante desde que el general Óscar Naranjo renunció a él hace cinco meses. Aunque se trata de un premio de consuelo poco después de haber perdido la Alcaldía de Bogotá, es un puesto que encaja perfectamente con su trayectoria política y su perfil y su nombramiento podría ayudar a darle al posconflicto un verdadero puesto en la agenda de este gobierno. Su primer desafío será navegar al interior de Presidencia.

La puja por la gerencia del posconflicto
Uno de los retos para Pardo es que su misión se cruza con frecuencia con el trabajo del Alto Comisionado para la Paz Sergio Jaramillo, que también está alistando la etapa posterior a los acuerdos.
La misión de la consejería de Pardo es alistar el terreno para la implementación de los acuerdos de La Habana.

Sobre el papel, la misión de Pardo -que ya estuvo esta mañana en el consejo de ministros- será preparar el terreno para aterrizar los acuerdos de La Habana si se firma un Acuerdo final con las Farc.

O, como dice el decreto que creó esa consejería, “articular la visión de conjunto del Gobierno sobre el posconflicto” y “asesorar al Presidente de la República en la formulación, estructuración y desarrollo de las políticas y programas relacionados con el posconflicto”.

Pardo llegará a una entidad que -por ahora- no tiene una misión bien delineada, precisamente una de las razones que llevaron a Naranjo a renunciar. Ese será, según cuatro personas del Gobierno a las que consultó La Silla, su mayor reto.

“Se llamaba ‘ministro’ sin tener ministerio y sin que le pusieran mucha atención en el Gobierno y afuera”, le contó a La Silla una persona que vivió de cerca todo el proceso de creación del cargo con Naranjo.

Algunas de esas dificultades ya se han superado.

Por ejemplo, el General duró varios meses en lograr que en la Secretaría General le contrataran a la mayor parte de su equipo.

Ahora Pardo le hereda un equipo con tres directores que son una suerte de viceministros -en minas antipersonal (el general Rafael Colón), en cooperación internacional y sector privado (Alexandra Guáqueta) y en seguridad (un cargo que quedó vacante desde que Aníbal Fernández de Soto se convirtió en el nuevo viceministro de Defensa) y un consejero independiente en derechos humanos (el ex congresista Guillermo Rivera), pero que trabajará en llave con él.

Otros problemas, en cambio, son más estructurales.

Como contó La Silla, el rol de Naranjo era muy etéreo y eso hizo que se pisara las mangueras, en casi todos los temas que trabajó y pese a ser conocido como una persona conciliadora y aversa a las disputas, con el Ministerio de Defensa por un lado y con la oficina del Alto Comisionado Sergio Jaramillo por el otro.

Con el equipo de Jaramillo los roces fueron casi inevitables, dado que su oficina ya estaba trabajando -desde antes de que Santos creara el cargo a la medida de Naranjo- en temas como la arquitectura institucional para aterrizar los acuerdos de La Habana (como la Autoridad de tierras que manejará el fondo de baldíos).

Teóricamente Jaramillo se encarga de todo lo que viene antes de la firma final y el Ministro del posconflicto piensa el después, pero -como explicaba una persona- “en la vida real ambas se cruzan y el margen de maniobra que le quedaba era muy poco”.

Eso hizo muy frecuente que, como contó La Silla, muchas reuniones del Ministerio del posconflicto y Jaramillo terminaran con algún asesor del segundo diciendo “tal cosa no se puede hacer” o “esto lo estamos haciendo nosotros”.

Sin embargo, esos ‘cruces de cables’ se fueron reduciendo a medida que perfilaron algunas de las misiones que podía cumplir el Ministerio del posconflicto. Por ejemplo, se le asignaron del todo las relaciones con el sector privado y con la cooperación internacional. O el aterrizaje del acuerdo sobre desminado humanitario que firmaron en marzo las Farc y el Gobierno, que coordina el programa de lucha contra minas antipersonal que pasó de la Vicepresidencia.

Esos cruces deberían reducirse aún más con la llegada de Pardo, dado que en estos momentos se está discutiendo en Presidencia la estructura que tendrá a futuro el Ministerio del Posconflicto.

Aunque aún no se sabe cómo quedará exactamente, La Silla supo que se están pensando dos arquitecturas: una provisional (de aquí a un año) y otra definitiva (que seguramente requerirá nuevas facultades extraordinarias para reformar el Estado), ambas con una capacidad de decisión y una autonomía presupuestal que aún no tiene.

De cómo quede ese diseño, Pardo tendría mayor capacidad de ‘jalar’ a todas las entidades en una misma dirección, uno de los problemas que ha tenido hasta ahora el Ministerio.

“Si en efecto el horizonte de la firma es el 23 de marzo, se necesitan pies de plomo y hacer un despliegue inmediato del alistamiento. Porque ha habido mucha conceptualización y poco sentido práctico: y, ¿cuántos contratos toca hacer?, ¿cuánta gente hay que entrenar? ¿y cuántas oficinas hay que tener listas en territorio?”, dice una persona que ha estado involucrada en la planeación del posconflicto.

La existencia de un plazo más concreto para la fase final del proceso de paz también le podría ayudar a Pardo a consolidarse como la figura central en la organización de las tareas del posconflicto, algo que evitaría situaciones que se han dado como distintas entidades compitiendo por misiones como el desminado o pidiéndole plata a los mismos donantes.   

Porque, como dice otra persona cercana al proceso de paz, “los problemas ahora no están por fuera del Gobierno, sino adentro. Hay muchas entidades que se resisten a las transformaciones, a la inclusión de nuevos actores y a modernizar la propia estructura del Estado. Y Pardo, que conoce ese tejemaneje del Estado, puede alinearlos”.

Sobre todo porque él, que ha sido ministro dos veces y colega de gabinete de todos los actuales jefes de cartera, tiene una interlocución mucho más fluida con la mayoría de altos funcionarios que la que tenía un policía de carrera como Naranjo.

A eso se suma una variable política: con el triunfo de Germán Vargas Lleras en las elecciones, el Partido Liberal siente que hay un desequilibrio dentro de la Unidad Nacional. Pero dándole el liderazgo del posconflicto a Pardo (quien a su vez es cercano al negociador jefe Humberto de la Calle y ambos al ex presidente César Gaviria) y a los liberales, éstos vuelven a ganar protagonismo en el Gobierno. 

El factor Defensa
Una de las misiones claves para Pardo será superar la reticencia que tienen en el Ministerio de Defensa a ceder espacio en los temas de seguridad, un punto que a Naranjo le costó mucho trabajo con el ex ministro Juan Carlos Pinzón y que al nuevo consejero se le debería facilitar con el nuevo ministro Luis Carlos Villegas.
Los primeros aterrizajes del equipo de Pardo en el posconflicto son los pilotos de desminado en Briceño (Antioquia) y Mesetas (Meta), del acuerdo sobre minas al que llegaron las Farc y el Gobierno.

Uno de los mayores retos para Pardo será lidiar con la reticencia del Ministerio de Defensa a perder protagonismo en muchos de los temas donde entra la variable de seguridad.

Esa relación es clave, sobre todo porque una de las funciones de Pardo será coordinar con Defensa y formular las políticas del Gobierno en materia de seguridad nacional y seguridad ciudadana.

Eso le costó a Naranjo duros roces con el ex ministro Juan Carlos Pinzón, que se oponía a que los temas de seguridad se discutieran fuera de Defensa. Y que resintió que el ex director de la Policía creara un grupo de expertos que se reunían para pensar cómo se podría garantizar la seguridad ciudadana en las zonas rurales donde arrancará el posconflicto (dado que este es uno de los temas fundamentales para el éxito del proceso de paz) y que todos los integrantes de ese pequeño tanque de pensamiento coincidían en que en el posconflicto la Policía debería estar por fuera de la órbita militar.

Aunque Pardo tendrá que lidiar con Luis Carlos Villegas -que viene de ser negociador de La Habana y está más sintonizado con el proceso que su predecesor- todavía hay muchos equipos técnicos al interior que se resisten a ese cambio de lógica, según una persona que conoce el sector.

Sobre todo porque hay tres temas medulares de dependen del visto bueno de los militares, y de los que depende que se pueda arrancar el desarrollo rural integral y la participación de las comunidades que vienen con los acuerdos.

En estos momentos, el desminado, la restitución de tierras y la sustitución de cultivos de coca -que son fundamentales en las zonas que priorizará La Habana- solo se pueden hacer en las zonas que el Ejército marca ‘verde’ en el semáforo con que determina las condiciones de seguridad en el terreno. Y, como ha contado La Silla, muchas veces los militares han convertido ese visto bueno en un poder de veto y -en el caso del desminado- se han resistido a compartir la labor con los civiles.

“Ese sistema [del semáforo] tiene lógica en un momento de confrontación, pero ahora hay que hacer una transición que lo saque del ‘yo soy el que dice dónde ir’ ”, dice una persona del sector.

Es decir, un reto que se parece al que a Pardo le tocó asumir como el primer Ministro de Defensa civil del país, un cargo en que tuvo éxito en garantizar la transición del ministerio castrense hacia un ente manejado por civiles.

El pasado de Pardo
Pardo llega al cargo con el bagaje en temas de conflicto y posconflicto que le da haber sido director del Plan Nacional de Rehabilitación de Barco, negociador de paz de Gaviria con el M-19 y primer ministro de Defensa civil.

Aunque Pardo no ha estado vinculado activamente con el proceso de paz con las Farc, es un tema en el que ha venido pensando desde que inició su trayectoria en el sector público hace tres décadas.

De hecho, cómo superar el conflicto ha sido la gran obsesión de su vida y ha escrito cinco libros sobre el tema, incluida una enciclopédica historia de todas las guerras de Colombia.

“El truco está en ser experto en seguridad y en desarrollo al mismo tiempo, porque el posconflicto tiene esos dos ingredientes. Y de esos no hay muchos”, dice una persona que conoce de cerca el trabajo de ese Ministerio y que prefiere no ser citada porque aún está en el Gobierno, que también resalta el talante conciliador de Pardo y su experiencia en cargos que exigen una visión estratégica.

Además, Pardo ha intentado ponerle fin a la violencia desde diferentes escenarios en el pasado.

Lo intentó primero atacando las ‘causas objetivas’ de la guerra como creador y director del Plan Nacional de Rehabilitación bajo el gobierno de Virgilio Barco. Pardo recibió el PNR cuando sólo era una idea en el papel y ni siquiera una terriblemente importante para el gobierno.

Por eso, Fernando Cepeda, el ex ministro de Gobierno en aquella época, escogió a su alumno -que entonces era un joven académico que lideraba un centro de estudios regionales en la Universidad de los Andes (el Cider)- y éste lo convirtió en el proyecto más ambiciosos emprendido por gobierno alguno hasta ese momento para atacar la pobreza en los sitios donde la guerrilla tenía presencia.

Guardando las proporciones, ese programa -cuyos tres ejes eran la rehabilitación de zonas marginadas, la normalización de las relaciones entre las regiones y el Estado, y la reconciliación- tenía una filosofía muy similar a la ‘paz territorial’ que conceptualizó Sergio Jaramillo y que atraviesa todo el proceso con las Farc.

“Ellos se presentaban en el territorio para hacer acuerdos en temas como la construcción institucional y la participación ciudadana. Eso yo lo echo mucho de menos, porque la relación Estado - región se terminó volviendo una de solo giros de recursos. El PNR era una construcción política, como lo es hoy la paz territorial”, dice Luis Fernando de Angulo, quien siguió el trabajo de esa entidad de cerca como encargado de relaciones con las comunidades de una petrolera que trabaja en esas regiones.

Más adelante, Pardo volvió a vincularse con estos temas como consejero de paz, cuando representó al gobierno de César Gaviria en las acuerdos de paz con el M-19 y logró la primera desmovilización exitosa. Luego, como primer Ministro de Defensa civil durante el gobierno de Gaviria, diseñó la primera política de sometimiento de Pablo Escobar y los demás narcos cuando los mafiosos habían declarado la guerra abierta contra el Estado.

Esa experiencia acumulada de Pardo en temas de negociación de paz y de desarrollo de las regiones más abandonadas pueden ayudarle a darle al cargo un dinamismo que no ha tenido desde que nació.

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Comentarios - Cada usuario tiene la posibilidad de incluir solo tres comentarios
Mar, 2015-11-10 10:55

Es innegable su acogida en momentos claves, pero precisamente por excesos de conciliador y civilista fue que perdió la alcaldía d Bogotá.

Fueron implacables con Clara y en el 2018 no se ahorraran en gastos para nada, sobre todo viniendo de socidadades Vargas-Fu.

Lun, 2015-11-09 17:47

Este nombramiento es BUENO, le queda como anillo al dedo al estilo d Pardo; lo Malo, que se le embolata el presidenciable.

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