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Sábado Diciembre 14, 2019

El ex presidente Álvaro Uribe ha cambiado de versión y de argumentos para justificar un hecho injustificable como es la divulgación de información reservada sobre la operación que se desarrolló para sacar dos guerrilleros de las Farc que se unirían a la mesa de negociación en La Habana.

Dice que es un particular y que por tanto jurídicamente no está obligado a guardar la reserva, ya que esa obligación se radica en cabeza del funcionario público o del particular que la obtiene con ocasión o en relación con las funciones de su cargo. A esto solo habría que recordarle a Uribe que por fortuna no pudo hacer aprobar en el Congreso el proyecto de ley que pretendía castigar a los particulares que incurrieran en esa conducta. Entonces le parecía criminal que un particular revelara un secreto y ahora le parece el ejercicio de un derecho.

En sus primeras declaraciones públicas después del hecho dijo que la información se encontraba en las redes sociales antes de que él la divulgara. Agregó que él la verificó con un miembro del Partido Comunista cercano a las Farc y que después la divulgó.

El episodio me recordó uno ocurrido hace años en un aula del Externado de Colombia,  en la que un compañero de clase fue sorprendido por el Rector Fernando Hinestrosa haciendo fraude en un examen. Hinestrosa le quitó el examen ante lo cual el estudiante quiso negar el hecho o justificarlo. El Rector sentenció: no le agreguemos al delito la mentira. Uribe resolvió agregar al hecho la mentira.

La información divulgada por Uribe no la produce, ni la conocen los miembros de las Farc. Es un documento militar, generado al interior de la Fuerza Pública y entregado a unos muy pocos de sus miembros. Uribe pudo haber comprobado –antes de que fuera público- que había cese de operaciones en alguna zona para recoger guerrilleros que irían a La Habana, pero no lo que publicó y esa información nunca estuvo en las redes sociales antes de que Uribe la divulgara.

Ante el hecho inevitable de que le resultaba imposible sostener la mentira que había expresado, le quiso quitar importancia al hecho. “Lo grave no es la divulgación de la información sino la impunidad” y frases de ese estilo con las que pretendía evitar la discusión sobre el origen de la información.

El comandante de la Fuerza Pública aceptó que la información no había podido salir de una fuente distinta a alguno de los pocos oficiales que la conocían y ha insistido que lo pueden identificar.

Uribe decidió entonces “asumir” la responsabilidad, en el peculiar estilo en que lo ha hecho en otros casos que es como decir "fui yo, ¿y qué?". El ex presidente lo ha usado como fórmula para aparentar “responder”, “dar la cara”, cuando en realidad lo que hace es evadir la responsabilidad y evadir las respuestas concretas. En forma hábil construyó una imagen de hombre “frentero”, que en realidad no es la de una persona dispuesta a asumir la verdad, sino de un picapleitos que elude responder poniéndose bravo.

En el Twitter pide que no “presionen” al Ejército, que fue él y qué. Otra mentira del Presidente. La tesis de que se lo dijeron sus amigos que a la vez son amigos de la guerrilla la abandonó y ahora parece que la versión se acerca a la aparición del pajarito que invocó Maduro en la campaña presidencial venezolana.

No, Uribe no pudo obtener esa información sino aprovechándose de una violación a la ley de quien estaba obligado a mantenerla en reserva y tiene temor de que la investigación del ejercito devele cómo actuó en este caso.

Pero además justifica el hecho porque –dice- la impunidad le parece intolerable. Es un buen ejemplo para las conferencias de cultura ciudadana que dicta Antanas Mockus en las que comienza preguntándole al auditorio en qué casos creen que se justifica incumplir la ley. Aquí hay una respuesta: en el evento en que el obligado por la ley crea que el gobierno va a ofrecer impunidad a los miembros de las Farc.

La actitud de Uribe traspasó los límites de lo éticamente aceptable en ejercicio de la oposición política. La publicación de fotografías de soldados víctimas de la guerrilla era mucho y probablemente vaya a escalar en el tono y en los métodos. Esta sobreactuado y produce una especie de efecto de saturación en la opinión. Quienes lo siguen lo hacen con fanatismo pero a los demás, aún quienes sienten algún grado de admiración por su gestión, les empieza a fastidiar.

Que Uribe está dispuesto a cualquier cosa para torpedear el proceso de paz que se sigue en La Habana, lo sabemos, incluso lo respetamos. Que Uribe tuviera amigos cercanos a las Farc no lo sabíamos pero parece que es mentira. Que a Uribe le parecía criminal –en el 2006- que un particular divulgara información reservada y ahora le parece el ejercicio de un derecho, era previsible. Que Uribe tiene un amplio catálogo de causales de justificación para incumplir con la ley, lo hemos padecido.

Pero que Uribe tenga un tonito asustadito en su Twitter sí es novedad.